Cegado incandescente

 

Incandescencia Luxemburgo
Fui a la tienda de cómics. Encendidas las luces, los blancos eran crema, amarillos, naranjas o marrones según cuánto cerrase los ojos. Salí de allí a la oscuridad, camino de mi nueva casa.
Llegué y encendí la luz de la habitación en la que viviría durante 5 meses. Desde el techo, una lámpara con dos bombillas incandescentes me recibía con conciencia de su estado de luz moribunda, no por escasa o falta de intensidad: por su antigüedad histórica. La luz incandescente se sentía devorada por la luz artificial de pretensión natural.
Mirando a las bombillas con descaro, me desprendí de mis prejuicios de año quince del segundo milenio y les deseé suerte y larga vida. Pensé que no cambiaría las bombillas hasta que se fundiesen. Nadie me podría convencer de lo contrario. No sé, quizás terminé cegado.

Imagen propia, tomada en Itzig (Luxemburgo) el 1 de marzo de 2015.

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