GAC [~R]

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«The correct answer is C»: recuerdos de la noche anterior.

Le llegó una llamada de la línea verde. Desprendió el bombín del perchero y arrebató la abertura a la puerta con el espacio de su cuerpo. Se detuvo en el umbral y giró sobre sí mismo: se le olvidaba el desfibrilador. Corrió a cogerlo y lo introdujo en el bolsillo grande de su chaqueta de electricista.

No debía de tener más de seis años cuando los enfermeros y médicos empezaron a despertarse enfermos. Todos los que terminaban los estudios sobre ciencias médicas caían en desgracia a los pocos meses, infectados de la llamada dolencia de Hipócrates. Aún no habían encontrado la explicación total de aquella extraña bajada de tensión gradual que causaba la muerte a tantos de ellos.
Él fue de la llamada Generación Abiertamente Confusa, la GAC. Cada uno de ellos había tenido que dedicarse a estudiar algún ámbito diametralmente opuesto a la medicina a ojos de las clasificaciones categóricas del S. XX. Ninguno había podido estudiar directamente medicina desde que se declaró una tarea peligrosa. La peculiaridad de la GAC era algo que no se podía contar ante nadie claramente; era la muestra de interés por los suyos, el cuidado y la ayuda a la pervivencia que cada uno de aquellos profesionales que no se dedicaban a la medicina oficialmente llevaba a cabo de manera taimada.
Nadie había vuelto a impartir clases de enfermería o medicina, pero los GAC debían ocuparse de aquello que se había vuelto peligroso y prohibido al ser abiertamente verbalizado. Mediante un sutil mecanismo de engaño oficial, cada uno de aquellos profesionales estaba abiertamente confuso ante la pregunta «¿cuál es tu oficio?».
GAC filósofos, GAC físicos, matemáticos, ingenieros forestales, todos podían ser llamados en situación de emergencia médica. Al llegar al lugar de necesidad, un administrativo educado para ello les preguntaba «¿es usted médico?» o «¿cual es su oficio?». A esas preguntas los GAC debían contestar con decisión algo totalmente alejado de la tarea que iban a realizar, esa tarea derivada del campo arriesgado para sus practicantes. Algunas escuelas donde se formaron los GAC les enseñaron a camuflarse bajo idiomas distintos, a otros entre surrealismo; otros contestaban con términos técnicos de sus estudios realmente confusos, diametralmente opuestos.

Él era uno de los más brillantes de su promoción: sus respuestas siempre combinaban los cambios de idioma con retorcidas respuestas sin sentido. Siempre era el primero en ser llamado, el más resistente al contagio de la dolencia de Hipócrates que, según algunos investigadores que no habían podido vivir mucho tiempo, comenzaba en el momento en que se pronunciaba el juramento, las palabras de honradez y promesa de cuidado. Parecía que el mundo en los últimos años rechazaba la promesa de dedicación al cuidado como algo sincero; hacía enfermar a todos aquellos que parecían hipócritas a ojos de una realidad verbal corrompida por la falta de sinceridad real. El mundo también estaba contaminado en sus raíces más hondas, las lingüisticas. Las palabras habían alcanzado la materialidad física en el ámbito de las enfermedades, y el mundo se había corrompido como sus habitantes, matando todo aquello que sonaba a honradez.

Aquél que salía de casa con bombín y respuestas abigarradas era el que mejor curaba el dolor y el que mejor lo ocultaba en su pecho, sin hablar sinceramente, almacenando las lágrimas en un tarro que se bebía por las mañanas mientras recitaba de memoria las palabras erróneas a preguntas sinceras imaginadas.

La mañana se perló de siniestro sino cuando apareció en el lugar del accidente y le vio a él, tan bello, tan pequeño, un niño de dos años que sufría una hinchazón en el pecho. Supo que era un caso difícil y, distraído, a la pregunta «¿a qué se dedica?» contestó abiertamente, sin confusión: «A la medicina». Pasó dos semanas cuidando al niño mientras su propia salud empeoraba; tenía que sentarse a descansar de vez en cuando y los vahídos eran cada vez más largos e intensos. Al fin, el día que se declaró oficialmente muerto a sí mismo, alguien le condujo ante una pared grabada donde se podía leer el juramento hipocrático. Él lo leyó en voz baja, sus cuerdas vocales vibrando débiles, y se sentó a esperar su momento. Entonces ocurrió algo: una muchacha joven se acercó corriendo a él y le dijo: «Si a uno le quitan las palabras junto a la vida cuando las dice, otros en silencio iremos a salvarle. Nos sostendremos entre todos.»
La muchacha le llevó a una camilla, monitorizó sus constantes y le aplicó cuidados intensivos durante horas, hasta que empezó a ver en su cara cierta mejoría, la huida de la palidez.
Entonces ella enfermó, y otro chico joven llegó a curarla, sin decir nada, cargado con un maletín lleno de agujas y otras herramientas médicas. Apareció un hombre algo más mayor detrás del chico, que no había abierto la boca, y dijo: «Pertenecen a la Generación Silenciosa. El silencio es efectivo: le arrebatarán al mundo su enfermedad, si es necesario, con acciones y sin palabras.»

Generación tras generación, la GS tras la GAC, el mundo seguía manteniendo el cuidado y la fuerza de la vida.

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