Light Hijacker [~R]

20131108-135242.jpg

Ha entrado otra vez en una sala de cine.
Los espectadores, momentos antes cándidos de intriga por la trama del filme, dudarán, sorprendidos por lo sucedido cuando esto haya pasado.
Se ha ido la luz de la pantalla, la sala se ha quedado totalmente a oscuras.
Él ya no está y una puerta se ha cerrado con sigilo.

No se supo cuándo trasnochó los límites de su oficio: antes arreglaba luces, retocaba lámparas, daba fuego al foco de tantos elementos lumínicos de la ciudad. Su camioneta erraba en la selva de automóviles con un rótulo publicitario en el costado herido de arañazos: “The Light Meter, reparaciones y manufactura de luminosos de todo tipo” y un número de contacto. Sus mañanas, sus tardes, sus noches se desenvolvían en lo cotidiano del trabajo de electricista, un trabajo y su vida. Lo hacía con gusto, era él su trabajo, uno con él: se encendía con las luces, se recostaba cuando se fundían, los cables enmarañados, estado exacto de su mente. Acudía raudo de aquí allá en su automóvil, dejándose ver por distintos puntos de la ciudad, casas grandes, casas humildes, oficinas y naves, arreglo tras arreglo.
De pronto dejó de hacerlo. Ignoraba las vibraciones y tonos de su móvil. Pasado un tiempo, los clientes habituales dejaron de llamar. Él comenzó a atender otros modos, otras cuestiones. Nadie a su alrededor tenía claro a quienes atendía ni qué era lo que hacía. Sus hermanos, que vivían con él en un piso compartido, le llamaron varias mañanas para avisarle de que se había dejado las herramientas en casa; el teléfono cantaba al vacío, y al fin lo dejaron por imposible.
Quien sabía que ahora erraba: poca gente, solo él y yo.
Perseguido por un frenesí tranquilo, sus contratos ahora eran insustanciales.
No había momentos claros en su vida, los que le veían decían que pasaba como un espectro, rápido, constitución efímera de opacidad pasajera ante la velocidad de la luz, que a veces parecía dejar atrás en sus viajes.

Yo le vi, sé que pasó. Lo encuentro a menudo haciendo lo suyo, le observo desde aquí, desde donde nadie puede verme. No soy tú ni soy nadie, pero sé escribir y mirar. Deja de preguntarte por mí: sé lo que pasó. La vio a ella, la vio a ella. Una tarde fue al cine a arreglar unos focos: la observó. Estaba arrellanada en una butaca, comprimida contra el respaldo, ojos atentos, abiertos, brillantes, la boca abierta, cerrada después, gesto ladeado un instante, entonces sonriente. Alguna lágrima en escenas, más de una risa en otras. Los puños cerrados, abiertos después, agarrando un jersey, enlazando los dedos en escenas de intriga.
Chascó en él algo, su interior. Abandonó los focos, corazón palpitante. The Light Meter destelló, fluctuó de una parte del espectro de luz a otra y al fin saltó, se salió de lo observable, de la luz común. Se convirtió: Light Hijacker diría yo, aunque él no ha puesto más nombre a su nueva empresa que el misterio cariñoso, la actuación velada a la vista, inofensiva y sorprendente.
El camión está cogiendo polvo, ahora prefiere sus propias piernas y un método aprendido en el paso del espectro visible a más allá, más abajo, qué se yo, donde estoy yo.
Empezó su nueva vida en sitios flojos, cines lejanos con poca afluencia. Alguna puerta se oía a veces cuando entraba, otras no. Penetraba en la sala de cine y se disolvía, nadie reparaba en él. Quedaba el misterio cuando él ya no estaba, cuando ya había salido y la pantalla estaba negra, el proyector corriendo, un haz lanzado desde él pero sin imágenes y sin luz corriente. Los espectadores no reparaban en ello hasta pasados unos minutos: un misterio irresoluble. Era entonces cuando él recuperaba toda su materialidad, llevando bajo el brazo lo más inmaterial. Llevaba el alma de una película en la luz que le daba vida. La llevaba en su respiración, en sus suspiros y sus pasos. Y cantaba feliz por las calles, quien le viese contagiado de aquella alegría inmensa.
Hubo noches que hizo dominó de salas, película tras película. Huecos de tardes también en los que su felicidad se llenaba tomándose el espíritu de una sala oscura y sus imágenes, su trama y sus desenlaces. Moviéndose con la luz sin ser visto, corriendo con el traqueteo de la cinta, ascendiendo al haz de proyección y fundiéndose con la pantalla. Yo conozco lo que veo, está cerca de mí, lo entiendo, pero nadie más le ve. Es lo invisible de la luz que se cruza entre la pantalla y el espectador desde que trabaja de ese modo, todo sonrisa, alegre.
Cuando la pantalla se apaga y la sorpresa reina, la gente sale a la calle y respira hondo. Les llega el aire raro de esas tardes y noches, un aire de otoño fresco que pasa por el cuerpo llenándolo como si no hubiese pulmones intermediarios. Las personas, más espectadores entonces que dentro de la sala, ven los árboles y la calle como yendo a fotogramas, como una película. Él aún no se ha ido, pasea contento en danza invisible delante de las salas, llenando la calle con los espíritus del cine. Y nadie pierde entonces los estribos, no quieren recuperar su entrada, no importa lo que pasara ahí dentro: disfrutan entonces como de una buena escena.
Light Hijacker y su plan invisible: volver a verla otra vez y mostrarle el nuevo modo de cine que ha descubierto, una forma especial que, espera, le guste.

La sesión de medianoche, y él se ha movido al cine más grande de la ciudad. Veinte salas, veinte películas simultáneamente proyectadas: un botín.
Al fin hoy le ha alcanzado una mirada mientras hace aquello. La mirada de ella, porque él la ha vuelto a ver entre butacas. Se ha quedado parpadeando entero, su cuerpo opaco, después translucido, luego invisible y pasos inversos, todo mientras ella le mira. Y ha sido visible. Lo suficiente como para parecer un vulgar ladrón y no el secuestrador de cariño fílmico que es.
Ella, en tensión, siente al principio que está pasando algo extraño, como si un soplo de aire en su cuello le diese un beso salido de esa película frente a sí que parpadea. Entonces ve a un hombre por completo parpadeante en su lugar.
A los ojos de todos los que había allí, cuando él se ha hecho visible, está cerca de la pantalla cortándola con unas tijeras; ante la luz visible las cosas se muestran menos románticas. Ha sido la reducción al ridículo de una empresa inmensa, algo que nadie había hecho nunca antes: absorber el cariño de las películas para ofrecerlo a los ojos de quien sabe apreciarlo. La luz le traiciona al contacto con la mirada de ella: un extraño hombre cortando una pantalla con filos herrumbrosos es lo que queda.
Y sale corriendo, sale del cine con todo el mundo detrás y se sube a una escalera. La tira abajo y se queda sobre una marquesina. La policía llega, le piden que baje de allí con cuidado. Él se niega. La señala a ella con un dedo que acto seguido dirige hacia arriba, hacia abajo, hacia todos lados y dice: mira.
Se ha desplegado como una sábana una sucesión de escenas sobre el cielo, cubriéndolo entero. Las calles son reproducciones de distintas épocas y lugares de todas las películas que ha secuestrado. Ha hecho el mundo película expulsando las luces y películas aspiradas de todas las salas a las que había ido desde que la vio a ella. Y se lo dice: “esto es para ti, disfrútalo”, mientras una mueca de alegría conmueve su cara al ver que ha funcionado, que ha conseguido sacar todo lo que llevaba dentro.
No sé qué pasará, no sé cómo acaba esto. Soy parte de la historia y no puedo hacerla avanzar, pero yo le daría una escalera, ¿no?
Soy espectador como vosotros, así que voy a bajarme de las letras, voy a ponerme junto a ella, a ver qué dice, a ver si él baja. Quién sabe, quién sabe.

Dedicado a Andrea NW

Si no comentas un fémur se comerá tu merienda:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s