Momentos [¬R]

Ilustración de Sam Wolfe Connelly

Ilustración de Sam Wolfe Connelly

Hay un tipo de serie de momentos que quedan estrechados, en un principio, entre otros tipos de series de momentos. Los momentos a sus lados son más claros, a pesar de tener también límites rayanos en la incertidumbre.

Empezando por la izquierda, nos encontramos con los momentos de «la calma que precede a la tormenta». Es entonces cuando la mente está en blanco, aún esperando y teniendo la certeza de que va a llegar algo a descabalar lo usual, lo habitual, lo cotidiano. Con ellos puedes caer dormido en cualquier sitio, un sueño intenso, nada frágil, pero asediado por Repentinos. Los Repentinos son aquello que acude de pronto, sin saber qué son, ni siquiera qué tipo de cosa, incomprensibles. No se sabe de dónde han salido, ni si vienen en el sueño o la vigilia. Son pequeños ‘qué’ que actúan según el hit&run de los videojuegos más frenéticos.
En el lado derecho, dejando entre medias el hueco para los momentos que citaba al principio, están los de «la tormenta». Llegan los ríos de tinta, los ríos de lágrimas, los ríos de ira. En general, es una inundación de todo. De los sistemas, de los pensamientos, de lo más entrañablemente físico, e incluso de los conocimientos. Momentos de pura incapacidad, en los que se conmueve todo, se crea y se destruye, se movilizan las cosas, se avanza o se retrocede, pero casi sin tener constancia de ello. Es el ímpetu en que se realiza algo, el momento en que se cambia, en el que las espadas te atraviesan o los lazos de suave tela te rodean.

Entre esos dos tipos de serie de momentos, los dos inconmensurables, e imposibles de materializar, de medir con exactitud, de limitar, fluctuantes, está el otro tipo.
No está ‘entre’ como si fuese apadrinado por ellos, como si no pudiese escapar de su paternidad, como si le fuese imposible moverse. No. Lo está porque nació ahí. Participó de ellos, se movió entre ellos. Salió del momento derecho, que le dio la posibilidad del cambio, del ímpetu, del surgimiento y la acción, de lo explosivamente conmovedor. Del lado izquierdo tomó a los Repentinos y aprendió según crecía, serie en infinito desarrollo, a hacerlos hablar, a que empezasen a ser Imprevisibles pero no incomprensibles.
Este tipo de momentos pueden saltar y ponerse detrás de la tormenta, o antes de la calma que la precede. Puede abandonar también sus lados y vagar, buscando como compañeros otras series, otros conjuntos de momentos. Conjuntos heridos, sin una de sus patas finales, o conjuntos como una escalera infinita, aquellos que se dan cuando se pasea en compañía por algún lugar y se siente el frío en los pulmones, se disfruta y se olvida todo, esperando que ese momento dure siempre.
Poniéndose al lado de los momentos que ellos deseen, ese tipo de momentos que se originó entre la tormenta y la calma previa se reforman a sí mismos, cambian y, casi siempre, el fruto del que se alimentan son los recuerdos. No sólo los comen, también los crean.
Estos momentos son momentos de templanza y serenidad, de pensar poco o nada en algo, o con poca constancia. De haber chocado con una novedad o algo impactante y dejarse llevar paladeando las sensaciones.
Encontrarse en un momento así frente a una pared llena de cuadros, pósters, postales, dibujos, páginas de cómic, casi todo ello lleno de personajes con distintos gestos, caras, morros o cuernos; en general, rasgos, lleva a preguntarles a todos ellos algo inconcreto. A buscar en sus gestos expresiones que intenten decir qué piensan de ‘lo que hay’, de lo nuevo, de lo impactante que está haciendo que ese momento se quede en el recuerdo y también que beba de otros pequeños recuerdos diseminados.
Los gestos de los personajes siguen sin hablar, aunque parece que dicen mucho pero siempre con la misma expresión. Al final la mirada se retira y les deja hacer por si otro día tienen algo mejor que contar. La mirada se repliega y la persona empieza a sentir, a tomarse ese momento peculiar, único, en consideración. A sentarse y, sin más, estar. Aceptar, disfrutar.
Cuando un momento así se da frente a alguien, buscar las miradas se intenta convertir en que si esas miradas se acercan, y ese acercamiento se toca, cada toque, cada contacto queda, para siempre, nunca olvidado.

Alivio, templanza en esos momentos que, como este de ahora, te convierten en viviente pesado del mundo, atravesado por el sonido de la lluvia o el contacto de la piel desnuda con la manta.

Al fin: viva el conjunto de los momentos que no viven encajonados. Y bravo para todos aquellos que los consiguen desde sí y también para sí.

Si no comentas un fémur se comerá tu merienda:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s