El libro [~R]

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Años tumbados de su vida pasaron en cama mientras leía el libro. La almohada había hundido su gomaespuma en varias zonas, adaptándose a la forma de su cabeza.

Las páginas del libro eran pálidas, algo rígidas y sin ningún doblez. Sus tapas de cuero tintado color azul pronunciaban un suave rugido cuando los dedos pasaban rápido por ellas. Sonaba como el roce de piel humana siendo acariciada.
El volumen no poseía título ni información en la trasera. Limpio y sin ningún rasguño, parecía recién sacado de un anaquel en el que hubiese pasado años comprimido contra otros libros.
Su peso no podía ser determinado por ninguna balanza: era relativo a la estimación de aquel que lo sostenía. Liviano para algunos, para él era ligeramente costoso de mantener con una mano.

Sumido en la lectura, manejando el libro con las dos manos, permanecía postrado, los ojos atentos de mirada sibilina devanándose en el transcurso de las páginas.
No había cerrado nunca el tomo; lo leía insaciable, inconmovible, sin ningún trato con lo externo.

Llegó el día en que le obligaron a incorporarse. Cerraron filas en su interior los conocimientos, preparados para presentar batalla. Cuando le llevaron de allí, los pensamientos, como un fluído agitado dentro de una botella con grietas, se escurrieron de sus posiciones y empezaron a flotar, desahuciados de su mente. Sólo le quedó observar.

Quien le llevó le quitó el libro. Unas manos fuertes con vetas carismáticas en la piel, caminos de antiguedad marcados en carne.
Aquellas manos cogiendo el libro, lo tantearon. Golpeando suavemente sus tapas con las yemas de los pulgares, abriéndolo y soltando a susurros sus páginas hasta pasarlas todas.
Entonces lo cerraron súbitamente.
No eran un hombre ni una mujer, aquellas manos. Eran lo que eran, y él no podía dejar de contemplarlas. Habían dejado de tratar con suavidad el tomo; lo estaban modificando.
El lomo en paralelo a las palmas, las cubiertas bajo ellas, estaban sometiendo a presión el volumen. No era demasiada presión al principio; las nervaduras vetustas del dorso de las manos permanecían apacibles. Pero corría el tiempo y las manos presionaban con más fuerza. Temblaba el libro entre ellas, como si fuese a echarse a llorar de un momento a otro, sus páginas doloridas. Se sucedían los minutos y la fuerza aplicada entre las palmas se incrementaba, las venas viejas hinchadas y palpitantes. Las cubiertas rugían y el lomo se tornaba una curva excesiva.
Él contemplaba extasiado. Sabía que no vería el final del proceso, pero no le importaba. Contemplaba, como leyendo, aquella última descripción del libro, fuera del libro. La libertad y la condena se habían desatado ante sí en imagen espléndida.
El tomo crujía, sus páginas fundidas entre sí, sus cubiertas de piel más vivas que nunca, tomando al papel entre ellas.
Reducida su altura entre cubiertas, ahora de bordes romos, redondeados, ya no quedaba duda: lloraba. Era su lloro un chirrido de láminas de piel y tinta frotándose entre sí, el oído alcanzando sus agudos y sus graves, sollozando de dolor junto al libro.
La vista se le apagaba, el rostro lívido era solo ojos abiertos esperando el fin, mientras aquellas manos cumplían su menester.

Apareció como una chispa inesperada el momento: el libro no era ya mas que una fina placa dudosa entre las tres y las dos dimensiones. Las potentes manos habían hervido de fuerza presionando las cubiertas y, satisfechas, habían despegado sus palmas del cuero fundido.
Lo que había sido un libro, identificable en su forma y función, cayó al suelo irreconocible, una liviana lámina de poca masa.
Lo mismo sucedió con él: terminado en el proceso, sin pensar, sin sentir, se volvió eterno caminante, irreconocible para el mundo.

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