Pepinos de parqué [~R]

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Ilustración de Winona Nelson

Era un verano caluroso, asfixiante. Las personas en las calles eran como trozos de asado flotando en una sopa de sol. Si osaban salir de sus viviendas era para ir al trabajo o a cumplir con alguna obligación acuciante que siempre se intentaba llevar a trámite en transportes y locales con aire acondicionado.
Nadie consideraba la opción de salir a pasear por gusto. Solo había una excepción: vivía en una de las calles más tórridas de toda la ciudad; sobre sus adoquines y la fachada de los edificios daba el sol de pleno todo el día hasta que llegaba la hora de la puesta, tardía.
En un edificio antiguo de tan solo dos plantas, ladrillos desgastados y cristales de vidrio hecho a mano destacaba un balcón que tenía continuación en una terraza. Ofrecía a la vista del caminante callejero un gran surtido de plantas y flores. Muchas de ellas contagiaban el frescor a quien contemplaba su verdor. Otras tenían un aura de dulzura: flores color caramelo de sabor limón o menta. Del balcón, situado en el primer piso, también colgaban frutas y verduras. Estaban muy a mano para todo el que pasase por allí, pero nadie las cogía; la armonía y el frescor que irradiaba el conjunto imponía un respeto por su conservación.
Aquél vergel era la casa de Juliette. Vivía allí junto a su perra Yunta, una tekkel de pelo corto muy vivaracha.

Juliette era la dama sin calor, la frescura hecha persona. Rodeada de sus plantas día y noche, era la única persona de toda la ciudad que gustaba de pasear en horas de pleno azote solar.
Cuando salía de casa con su perra, parecía nacer del aire. Esplendorosa y animada, con sus hoyuelos radicados en el trabajo con sus plantas, tomaba el sol, que a todo el mundo espantaba, de manera distinta: como si ella misma fuese una planta y disfrutase de una alegría fotosintética.

Trabajaba de panadera a media jornada. Pasaba las mañanas en la fábrica de pan, llenándose las manos de masa, su pelo recogido en un moño bajo una redecilla y un uniforme blanco que le hacía asemejarse al resto de operarios de la fábrica como una gota a otra en un torrente de agua.
La panadería no era su pasión. No obstante, la monotonía con la que resolvía su trabajo, o la falta de identidad que lucían junto a ella todos los trabajadores, callados y embozados en sus uniformes, no le desesperaba lo más mínimo. Ella estaba reservada en cuerpo y alma para el cuidado de sus plantas, a ellas trasladaba todo su ser.
Era cuando llegaba la tarde cuando Juliette afloraba: abría la puerta que daba a su terraza y regaba sus plantas cuidadosamente. Las abonaba y plantaba nuevos cultivos en los tiestos vacíos en los que llevaba adecuando la tierra varios días.
Tenía preferencia por las semillas del enorme mercadillo floral que montaban en su barrio cultivadores de diversos pueblos los fines de semana, aunque a veces también compraba paquetes de semillas en algunos supermercados.

Ese verano no hubo mercadillo. Los campesinos que solían ocuparse de organizarlo decidieron descansar aquél año y solo trabajaron para los encargos que pedían las grandes empresas de verduras y flores.
Juliette no pudo comprar las semillas en el mercadillo, así que optó por renovar su plantación de frutas y verduras con los packs de semillas que había comprado hacía unos días en los grandes almacenes cercanos a su casa.

El día que decidió plantarlas salió todo lo rápido que pudo del trabajo, comió velozmente y se dedicó plenamente a la tarea de cultivo.
Pasó la mayor parte de la tarde en la terraza, atareada llenando cuatro maceteros largos, a rebosar de tierra fresca, con semillas de pepino.
Cuando acabó de echar las semillas en los maceteros los trasladó dentro de la casa, a una zona oscura del salón, para que en esos primeros días de crecimiento no les afectase el sol. Después de regarlos y remover la tierra barrió el parqué de la sala.
Normalmente, cuando pasaba la escoba, Yunta saltaba a morder el palo para jugar. Precavida, Juliette le había puesto comida a la perra en un cuenco antes de empezar a barrer para distraerla. Pero aquella tarde Yunta no comía ni jugaba; estaba hocico al techo, erguida sobre dos patas, olisqueando las macetas. Juliette la observó con curiosidad, pues la perra nunca había mostrado interés por sus plantas.
«¿Te gustan las macetas, Yunta? ¡Si aún no tienen nada interesante dentro!», le dijo a la perra mientras llevaba la escoba a la cocina. Cuando volvió al salón, el animal seguía mirando las macetas con tierra y semillas, esta vez descansando sobre su trasero, aunque aún todo lo erguido que puede estar un perro en esa postura. Juliette se rió al ver la extraña manera de actuar de su perra esa tarde.
Después de cerrar la puerta que daba a la terraza y revisar las macetas con los pepinos, Juliette movió el plato de comida al lado de Yunta, que seguía hipnotizada con las macetas, y se dispuso a salir de casa.

Caminaba con su habitual frescura y ligereza, grácil y alegre. Las calles empezaban a llenarse de gente; era la hora en que empezaba la caída del sol. Terminó su paseo en el bar donde se reunía con sus amigos algunas tardes.
A las dos horas de estar allí dentro entre animadas conversaciones, miró su reloj y comunicó a los demás que debía marcharse; había dejado a Yunta sola en casa y estaba algo preocupada por si aún no había comido nada. Sus amigos le dijeron entre bromas que se preocupaba demasiado, que era un perro, pero ella se levantó para irse.

Acababa de salir del bar, sorbiendo de un trago las últimas gotas de su batido de unicornio, cuando vio el cartel luminoso que tanta difusión estaba teniendo. En él ponía, con letras amarillas sobre un fondo negro: «Huye de la luz: huye de los mosquitos». Era el anuncio de una compañía de repelentes y sprays acondicionadores de nombre Blackout Flux. En verano la ciudad se llenaba de mosquitos por la cantidad de canales y aguas estancadas que había, por lo que las campañas de la compañía tenían mucho éxito.
A Juliette el fluido de unicornio se le había subido a la cabeza. Después de leerlo varias veces, hizo caso al cartel de manera literal y caminó hasta su casa por las zonas más oscuras, evitando los ángulos de acción de los postes de iluminación.

Para cuando llegó a su casa el unicornio ya había perdido su efecto.
Sacó la llave, abrió el portal y se detuvo a escuchar: Yunta no ladraba. Era algo muy raro, pues siempre que la dejaba sola en casa, a su vuelta la recibía con ladridos lastimeros de perra sentimental. Juliette, un poco asustada, subió corriendo las escaleras de entrada a su casa y ensartó la llave en la cerradura como si fuese un estoque. Cuando atravesó la entrada se encontró con Yunta frente a ella mirándole en silencio, con el morro manchado de un color verde suave, los pelos brillantes y húmedos. Un líquido transparente pero verdoso goteaba en el suelo desde el hocico.
Juliette se agachó a mirar a Yunta y le tocó el morro, manchándose de aquella sustancia suave al tacto. Se preguntaba qué habría hecho su perra para terminar así.
Mientras pensaba en que tendría que limpiarle el morro y averiguar qué era lo que había comido y por qué estaba tan rara, caminaba hacia el armarito que tenía en el salón para colgar las llaves.

Fue cuando entró en el salón cuando se sorprendió de verdad: el parqué estaba levantado, algunas láminas rotas, otras simplemente desplazadas. Por los huecos habían salido pepinos.
Eran unos pepinos inmensos, intensamente verdes y gordos. En el momento en que se acercaba, agachándose para examinarlos, Yunta se abalanzó sobre uno de ellos y lo mordió hasta hacerlo trizas. El morro de la perra se manchó aún más de verde acuoso. Juliette vio cómo se tragaba algunos pedazos.
La sorpresa por el silencio de su perra al llegar había desaparecido. Ante aquella escena de pepinos nacidos del parqué había entrado en una dimensión distinta de asombro. Necesitó unos minutos, plantada frente a la primera hilera desordenada de pepinos, para plantearse siquiera buscar el origen de aquella rareza.
Al fin, aceptando lo inverosímil de la situación, comprobó el estado del resto del salón: los maceteros donde había plantado los pepinos estaban rotos, la tierra esparcida por el suelo. La puerta acristalada que daba a la terraza seguía cerrada, así que allí no había entrado nadie.
Se tomó su tiempo en comprobar si todas las ventanas de la casa estaban cerradas y al final volvió al salón, donde su perra seguía desgarrando pepinos. A Juliette le daba la sensación de que en el rato que había estado recorriendo el resto de habitaciones habían salido más pepinos del parqué.

Algo asustada, Juliette arrastró a Yunta hasta la puerta, le puso la correa y la ató en el pomo para que no pudiese morder más pepinos. Confusa e indecisa sobre cómo actuar, empezó a pasear por la habitación observando cada punto con atención. Cuando pasaba entre los restos de las macetas, vio asomando debajo de una de ellas el paquete azul y amarillo que traía las semillas de pepino en su interior. Lo cogió por un movimiento reflejo y leyó cada línea de las instrucciones de plantación. No había nada que indicase qué podía haber pasado, pero tampoco esperaba que lo hubiese. Juliette se estaba desesperando; ya tenía la seguridad de que los pepinos seguían saliendo: uno había crecido debajo de su pie con tal fuerza que casi la había tirado.

En el momento en que, desanimada, iba a renunciar a encontrar una explicación y soltar a Yunta para que le ayudase con el exterminio de aquellos extraños pepinos invasores le dio la vuelta a la caja de las semillas y se fijó en lo que ponía bajo la indicación de ‘semillas de pepino’. Donde normalmente, en otros paquetes que había comprado, se podía leer «Pepinos de tierra. Procedencia: Chartres» como subtítulo indicador del producto que se estaba adquiriendo, esta vez ponía: «Pepinos de parqué. Procedencia: Venus».
Juliette cayó de rodillas en el suelo, superada por la situación. Aquello era surrealista.
Realmente derrotada, miró a Yunta con esa cara con que los humanos miran a los animales cuando necesitan apoyo de un ser no racional, con la mirada fija en sus ojos negros de tekkel, buscando que le pudiese aportar algo.
De la misma manera en que la miraba decidió hablarle, aportando un tono de derrotismo a la entonación prefabricada con la que una persona se dirige a su animal de compañía. Hablar a su perra era el reflejo de lo abatida y confusa que estaba.
Las palabras que dijo sonaron con esa infinita condescendencia trascendente entre especies, una voz suave de ritmo caído que reporta a cualquier oyente humano que de eso dicho no se espera respuesta:

«Bueno, ¿y tú qué hacías mordiendo esos pepinos, eh?»

Un tintineo frágil, como miles de campanas finas que empiezan a sonar todas juntas, tomó forma en una voz dulce que respondió:

«Yo defendía la casa, ¡señora! Son obligaciones de perro.»

Yunta había hablado, y Juliette no pudo más con todo aquello. Se tumbó entre los pepinos, medio desmayada, e intento quedarse dormida, deseando que todo aquello hubiese acabado al despertar.

En la calle la gente paseaba en una fresca noche de verano. Los que pasaban cerca de aquella casa se paraban a contemplar las flores y plantas que crecían en el balcón. Uno de los paseantes se atrevió a arrancar algo: un pepino enorme había llamado demasiado su atención.

Dedicado a Inés R. y a Moisés M.

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