Histoires du Bois de la Cambre: Facturas rojas [~ratonus]

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Vivimos en un mundo en el que lo que no queda por escrito está siempre a punto de ser reventado.
No solo por el refugio que aportan, sino también por la pasión que conllevan, siempre encontraréis parte de mí únicamente en las líneas de palabras. En las líneas y entre ellas no hay lo mismo que fuera de eso escrito, palabras fijadas. El destino fijo solo existe en los libros, nunca fuera.
Por aquí dejo de mí la parte escrita, una parte de mi cuerpo completo, el que muy poco a poco avanza hacia el fin. Fuera quedo yo, ansioso por vivir, para siempre hasta que el fin de las historias coincida con el fin de lo que hay fuera de ellas, lo espontáneo.

Estas historias están escritas cuando ya solo quedan vacíos, cuando no hay ardor de deseo ni fiebre de pérdida. Son historias de cabeza fría, faltas y agujeros. No obstante, cabezas frías también sienten y allá van:

Camina la pregunta «¿quién te quiso y quién te querrá?», como en tantas otras ocasiones, dibujada ante el mundo.
Una pregunta siempre extraña a su momento. Cada vez que surge, se queda fuera del tiempo y ejerce como disparadero de la continuidad de la vida. Siempre a destiempo, siendo naturalmente de contenido variable, no retira o pone gente, no descarta u odia, no empieza a amar o deja de hacerlo. Es una pregunta que cuenta con la acumulación. Arrastra ocasión, decisión, mundo tras mundo, archivándolas apretadas entre sí, y se pone junto a la línea biológica de la vida, aportando agonía sin iniciativa.

Él se había cruzado muchas veces con la pregunta, desconsoladora, resbaladiza.
Después encontró una plataforma desde la que miró a la pregunta por encima. Entonces decidió que debía cambiarla de forma, porque sus límites estaban a punto de reventar: había encontrado el amor y, aunque había pasado, había hecho crecer sus propios límites. La pregunta que configuraba su vida se había quedado pequeña. La reformuló con sus manos, fuera del tiempo, vaciando su buche:
«Quien te quiso, quien te querrá. ¿Quién vive, quién no? búscalos, hazles vibrar. ¿Eres capaz?»
Rota, la antigua pregunta respiró desde sus costillas abiertas al exterior y remodeladas en esta nueva forma y, desde su atemporalidad, constituyó con gran iniciativa proyectos de vida inesperados, posibilidades, infinitos fuera del alcance de cualquier pago e interés egoísta. Vibró y comenzó a caminar, fusionándose con la vida en un ímpetu volcánico.
En erupción, se abrió el cráter anticipando el fin del bosque:

«Llevaba tiempo despertando poco a poco de la manera más dolorosa posible. De ese modo en que el propio hálito se hace extraño al contacto con la piel, como llevando mucho tiempo sin saber nada de sí mismo, sin tener presencia propia.
Sentía raro el calor de su cuerpo, y justo cuando se acostumbraba, llegaba el frío. La añoranza de unos brazos cálidos que caldeaban aún desde lejos había desaparecido también.
Había pasado muchos días fundido con el Bois de la Cambre, incrustado en los árboles, engarzado en su corteza. Viviendo dentro de ellos, como si fuese parte de su madera y su savia. Le era difícil reconstruir quién era, dónde había estado, cómo había sido su paso por el mundo. Necesitaba recuperar su Historia.

Buscándola alrededor, echó mano del paquete que reposaba cerca de él, entre su mochila y su saco de dormir. Cogió una sábana manchada de rojo, doblada y anudada, que contenía algo: era allí donde llevaba toda su Historia. Desanudó la sábana y tiró de sus cuatro esquinas. La superficie de la sábana se reveló en su irregular tono carmesí con franjas blancas a la luz del día. Sobre ella había muchos papeles con caracteres escritos: eran facturas, recibos, pruebas de pagos al contado y préstamos. Cada una tenía escrita la fecha, el lugar donde se realizó, quién había ayudado a realizar la transacción, y el nombre de la empresa o institución bajo la cual se había llevado a cabo.

Antes de irse de su casa para recorrer los lugares Llenos y los Vacíos, antes de alcanzar el Bois de la Cambre, había estado pensando en algo: ¿cómo recordaría quién era y los pasos que había dado en el mundo, en sociedad, si es que en algún momento perdía totalmente el control al atravesar esos lugares Vacíos que borraban su mente, o esos otros Llenos que la rellenaban con cosas impropias?
Tras analizar el mundo, no había tardado en encontrar una solución para recopilar el hilo de su Historia con sus historias y gran parte de su vida si se perdía entre los Vacíos y los Llenos.
El mundo en el que vivía conformaba en gran manera a los individuos a través de las transacciones en el mercado mundial. El mayor seguimiento de la propia Historia al que podía llegar cualquier persona era a través de sus facturas, sus recibos y pagarés. No era algo que le gustase, y pensó que ojalá algún día la Historia propia la conformasen las acciones sin estar totalmente entrelazados con el dinero y sin depender de los medios de comercio. Por el momento, recopiló todas las facturas y recibos de las transacciones realizadas a lo largo de su vida, en orden cronológico, y las envolvió en una sábana blanca.
Había viajado con esa sábana por muchos lugares, y aunque en ninguno, ni en los Llenos ni en los Vacíos, había necesitado desenvolverla para mirar su Historia, cuando llegó al Bois de la Cambre y pasó allí una cantidad de tiempo indeterminada, revuelto y difuso, confuso y enmarañado, fundido con el paisaje, tuvo que abrirla.
La sábana blanca había ido tiñéndose de rojo según pasaban los días, las facturas empapándola, reflejando las cantidades mezcladas de dinero y sangre que componían su vida.

Esparcida la sábana, tomó unas cuantas facturas de la parte superior del montón. Eran las más recientes de todas. Mostraban los pasajes de unos días que trajinaban con palabras y pensamientos de algo que le raspaba.
Mostraban los días de lo descarnado.

Hacía un tiempo, poco antes de emprender el viaje por los Llenos y los Vacíos y volver al Bois de La Cambre, había estado en La Colonia de las Miradas. En aquel lugar había pasado varias etapas.

En la primera descubrió que cuando alguien te mira con ilusión es como si te colonizase. Como si pusiese tanto de sí en ti que te despojase de la propiedad de ti mismo. Era una colonización alegre, una alienación ligera y agradable, consentida.

Fue entre las últimas etapas en La Colonia de la Miradas cuando conoció el fantasma de lo descarnado, que sobrevolaba todas pero sólo se materializaba sobre el final de ellas.

Entonces comprendió que el momento de lo descarnado llega cuando las palabras ‘su familia’, ‘sus estudios’, ‘sus ilusiones’ toman un sentido intenso e importante para quien las pronuncia, porque se vislumbra una cercanía entre conjuntos de gente que pueden llamarse Posibles Futuros. Cuando a alguien le importa la otra persona por encima del vínculo de la confianza y quiere permitirse romper un pedazo de sí para otorgárselo al tiempo del otro, a sus ilusiones, sus conocidos y sus proyectos. Es en ese momento cuando la confianza quizás se ha quebrado para abrirse como una nuez y dar paso a algo que es distinto a ella: un «dime lo que darías por mí si yo tuviese los ojos cerrados». Ese momento de tránsito a posibles futuros es el que llena los cuentos de hadas, pero también la moral de la fidelidad, en casi todos los sentidos, y el primero, como fidelidad a los principios.
Cuando estuvo en La Colonia de las Miradas, se dio cuenta de que ese momento de aparición de lo descarnado ha de conducirse de una manera muy cuidadosa y fuerte si no se quiere caer en la rotura más abstrusa y difícil de reparar. Entendió que los cuentos de hadas abusan del momento de superación de lo descarnado porque es lo más deseado por las personas, y en la ficción es fácil resolverlo.
En su caso, lo descarnado se mascaba en el ambiente, en las palabras y los silencios como carne cruda, sin resolución, y tuvo que irse de aquel lugar, salir de ese Estado.

Cuando hubo terminado de recordar su paso por La Colonia de las Miradas, y después de coger otras cuantas facturas más antiguas y recordar la Historia al completo, devolvió ordenadamente todos los papeles a la sábana. La cogió de las cuatro esquinas, hizo un saco con ella, la anudó, y la agarró fuerte desde el nudo. En ese momento deseó que por aquella tarde su vida tuviese otro orden distinto, que su pasado estuviese realmente revuelto y pudiese organizarlo él a su gusto. Agitó durante un rato la sábana-saco, después la apoyó en el suelo y la desanudó.
Miró las facturas desordenadas y se imaginó viviendo en ese mismo mundo pero sin que un registro de sus transacciones condicionase lo que había de ser su Historia.
Aliviado, agarró todos sus bártulos y comenzó a andar. Llevaba la sábana con las facturas agarrada. Aún no se atrevía a hacer lo que quería.

Salió al camino de entre los árboles, crujiendo como una raíz rígida que cobrase flexibilidad y aprendiese a andar erguida.
Estaba saliendo del Bois de la Cambre y, mirando atrás, el ímpetu decisivo le invadió. El pasado ya había sucedido, pensó, y la historia de sus transacciones no significaba nada para él ni para su Historia. Los años y la Historia solo pasaban cuando se hacía historia.
Con un movimiento amplio del brazo lanzó la sábana al aire y el viento se llevó las facturas.
Recuperó la sábana, ya totalmente roja, y se marchó del Bois de la Cambre.

Con la sábana roja cubriéndole los hombros para protegerse del frío, comenzó a pasear por la Avenue Louise, pensando en sus ilusiones, mitigando con el frío el ardor de los agujeros que habían dejado otras ilusiones desaparecidas.

Sonrió, y de pronto desapareció de allí. Había dejado atrás esa Bruselas. Quizás volviese a otra distinta.
La lluvia picaba en sus hombros, vívida, junto a la luz.»

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Ilustración de Sam Wolfe Connelly

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