Histoires du Bois de la Cambre: Un relámpago [~R]

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Estaba anudado al verdeante agitarse de las hojas, repleto de energía pero inmóvil. Sentado cerca del camino, oculto a los paseantes, llevaba allí bastante tiempo, pegada su espalda a la corteza, fundida a la madera de los árboles del Bois de la Cambre.
Hacía casi tres años, había ido saliendo poco a poco de otra madera, de pino de la Sierra, cuando ella le buscó y las palabras los hicieron respirar juntos. Después los besos les llevaron a recorrer mundo y ella le enseñó un pedacito de su vida pegada a este bosque. Luego todo se acabó entre los dos. Pero él volvió allí un tiempo después, y llevaba allí desde entonces, viendo la arena de los senderos levantarse con las pisadas, oyendo a los pájaros comunicarse entre las ramas.
El Bois de la Cambre siempre era espléndido para encontrarse o perderse, para atravesarlo como camino de paso o como hogar de temporada.
Llevaba un buen tiempo allí, desde luego. Los 6 cuervos que dejaron de tallar su pecho cuando ella le besó en los labios habían vuelto. Tallaban esta vez un barco veloz con la madera del corazón, endurecida, y le silbaban al oído con graznidos afilados:  «Vamos a salir de aquí muy rápido». Él se complacía; sabía que era verdad. Pero le daba pena volver a tener el pecho tallado y los labios sin labios delante.

Una luz salvaje, imponente, iluminó el cielo.
Era un relámpago sin nube, estaba seguro. Y se tornó su vigilia en duermevela y escuchó su voz en los sueños, diciendo algo:

«Voy a dejar a la verdad aparecer como añorándote, porque esa es.
En los sueños, nubes oscuras y un paseo por las calles de una ciudad buscándote, Aletheia, y empieza ahí la fuente de esos sueños, un duermevela semiconsciente, historias mil, amigos saliendo de un barco que se ha detenido en Venecia. El placer de escribirte cuentos y poder ser ‘las letras de la imposible realidad siempre soñada’.
Por entonces, conscientes y recorriendo las calles, era un sueño estar contigo. Ahora vuelves a los sueños; como toda verdad, la máxima expresión solo apareciendo ahí. Y esta no te llama ni te escribe, porque así es la realidad.
Desde tu nombre hasta tus besos todos eran el papel, la superficie que hace al escritor en parte, como la tinta de sangre que recorre al nacido. Era como tener las historias hechas antes de escribirlas, sobre la pasión que solo puede aparecer en los sueños, sobre las caricias tan sutiles que únicamente pueden verse y entenderse entre quienes las hacen.
Ahora es un desembarco en una Venecia sombría lo que sueño: los pasajeros somos menos, uno de ellos es capitán, y se pierde por las calles. Después salgo yo y sale ella, esa otra persona, principio de momentaneos sueños, y nos quedamos solos, juntos, a gusto, hablando. Pero Venecia no es lo mismo sin ti. El capitán se fue a buscarte, y si te encontró, tuvisteis el romance; volvió a ti, de donde salió, y siguió perdido entonces. Yo no sé de ti, y tú de mí tampoco. Fuera del barco, me reflejo en lo azul inmenso no del agua, sino de unos ojos. Son muy bonitos, y la persona que los lleva tiene una espada. Me la dio mientras hablaba, y yo en silencio corté el hilo con tus sueños, con tu vida, con el pecio que nos trajo hasta esa tierra de sueños. Ahora he cortado también el dolor de las palabras, y he puesto la mano en los adoquines de Venecia, del amor y la realidad, y he deseado que tú vuelvas a encontrarla, que yo vuelva también a hacerlo: esa Venecia fulgurante, calles de pasión y chapoteo de agua, conocimiento, sonrisas y paseos. Solo que tú sin mi y yo sin ti, los dos al margen del otro.
Me cogerá, cogeré otra mano, y quizás vuelva allí. Quiero para ti ese quizás, y que nuestro barco se haya hundido cuando mire atrás. Por favor, que su capitán se perdió en dulce, con el último beso en que estuvimos. Dejémosle vagar, y que nadie le busque ya.»

El relámpago se mantenía. Iluminaba todo como si el día fuese una pantalla de ordenador con el brillo subido.
Despierto de nuevo, miró hacia delante y vio el cielo perdido de nubes. Estaba tumbado en medio de un sendero de tierra, empapado, el agua cubriéndole hasta alcanzar las orejas. Las orejas inundadas, y entonces recordó sus manos frotándolas. Pero es hora de levantarse, pensó.

«Aún me quedaré unos días; no es fácil, no me eches.»

Dirigía sus palabras al bosque, que parecía empujarle a coger su barco, sus cuervos y su añoranza, y partir. Sin duda lo haría, pues sus bolsillos ya estaban llenos de aceptación. Pero era esa aceptación manchada de barro la que tenía que limpiar antes de salir de allí. Tenía una mochila llena de cargas de barro, de cargas de rojo, todas ordenadas cronológicamente, listas para estallar de nuevo.
Quería desordenarlas antes de partir.

El relámpago desapareció, y el ruido del trueno tomó su lugar .

Y partir, dentro de poco. Dentro de poco.

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