Histoires du Bois de la Cambre: UNO (¬ rat.)

Bois de la Cambre. Grotte

Tenía, a lo sumo, cien minutos entre sus manos antes de irse a dormir. Los llenaba de paseos vividos. Distintos paseos, de este o aquel lugar en el mundo. Los paseos sobre los que había escrito también recorrían sus pensamientos. Llegó a un claro en ellos: estaba en Bruselas. Esta vez el paisaje en la memoria se reconstruía a ráfagas, compilando bloques y edificios. Los edificios, las viviendas, los árboles y su posición, se iban formando con una amalgama de sensaciones y sentimientos junto al recuerdo de los materiales.

Los elementos del paisaje tenían la forma de su modo de sentir, no eran ese objeto quieto que se puede ver al caminar frente a ellos: eran realidades más profundas y propias. Del empedrado del suelo, de las vías del tranvía de la ciudad de Bruselas, de los ladrillos y las paredes, emanaba el ímpetu del deseo, la fuerza que da el amor, y también la tranquilidad que da el cansancio. Formaban, todos a una, los pasos marcados en aquella visión de recuerdos. Entonces, entonces se abría la avenida. Una avenida enorme con los tranvías discurriendo a lo largo.

Solapados los pasos con un deseo de avanzar en el recuerdo del paseo, llegaba el final de la avenida.

El final de la avenida, al abrir los ojos, el principio de una vida. Son los recuerdos de ella y sus emociones grabadas en sus ojos, su deseo irrenunciable de querer volver allí, los que te dejan ver los trozos de esa vida. De pronto, vegetación. Árboles y arbustos, setos y frescor, humedad que anuncia el final de la urbanización. Y ahí empieza el bosque, le Bois de la Cambre.

Empieza con una sonrisa arañando mis mejillas al ver las suyas doblegarse ante la ilusión.

El cansancio arrastrado ha entrado en la foresta, los pies de las chicas y los chicos vuelan sobre el camino que atraviesa ese nuevo mundo. Es como entrar en los escenarios de Jurassic Park esperando que salga alguno de aquellos seres.

¿Y si volásemos? Si volásemos:

EL NIÑO

«-Mamá, me duele aquí.

-¡Pero hijo!, ¿qué has hecho?

-Estaba paseando por el parque y encontré un sitio donde vivía un dinosaurio pequeñito. ¡Jugó conmigo!

-Bueno…ven aquí que te cure, anda.»

El niño miraba a su madre con cara de consternación, algo de enfado y sobre todo, resignación. La resignación que invade a todos los niños cuando saben algo que los mayores se niegan a aceptar. Y realmente saben pequeñas cosas que los mayores no saben, de maneras que ellos ya no pueden reconocer. Un niño puede decirle a sus padres lo que está sintiendo, y por qué lo está sintiendo. Pero en la mayoría de los casos, los mayores no llevan niños dentro, y no saben entenderlo. Simplemente dirán «el niño tiene una rabieta».

Esta vez la situación iba más allá de las diferentes percepciones del mundo.

Se abrió una puerta y entró un chico. Vio al niño sentado en una banqueta y a la mujer echándole alcohol impregnado en un algodón.

«-Hermanito, ¿qué te ha pasado?

-He jugado con un dinosaurio en el Bois de la Cambre, ¡te tengo que llevar a verle!»

El chico miró a su madre, que movió los ojos en un gesto de hartazgo. Después devolvió la mirada a su hermano pequeño y le dijo:

«-Esta tarde iré contigo, ¡no puedo perderme tu descubrimiento!», y después le guiñó un ojo a su madre.

Aquella tarde los dos hermanos se internaron en el Bois de la Cambre, y el pequeño llevó al mayor corriendo, bajando por una pendiente que había a un lado del camino grande. Le condujo entre arbustos que arañaban los brazos y las piernas, y al final llegaron a una pequeña cueva escondida entre matojos. El chico mayor no había visto nunca aquel lugar. Olía tremendamente a humedad, pero en apariencia aquella zona estaba lejos del lago. La cueva era minúscula a la entrada, pero cuando avanzaron un poco, a rastras, llegaron a una zona de una amplitud inmensa. Estaba bajo tierra, y había un pequeño lago allí, seguramente comunicado con L’étang, el inmenso lago artificial ideado por Edouard Keilig. Pero aquella pequeña cueva no era artificial.

«Deberíamos salir de aquí, es peligroso. Podemos volver con alguien que sepa de cuevas…», le dijo el hermano mayor al pequeño. El otro respondió: «no, aún te tengo que enseñar al dinosaurio.»

Su hermano suspiró y estuvo a punto de empujar al pequeño hacia la salida sin más miramientos pero, de pronto, vio algo que se movía cerca del agua. Desplazó súbitamente su mirada para prestar atención. No podía ser verdad.

Era una pequeña criatura con poco pelo, cola y unos ojos muy grandes. Tenía un pico naranja y unos dientes afilados se veían cuando lo abría. Aquel animal estaba bebiendo agua.

«Ahí está», le dijo su hermano pequeño. «No me lo creo», respondió con un hilo de voz.

Después guardaron silencio y esperaron juntos a que aquella criatura reaccionase. Al rato, se dio la vuelta y corrió hacia ellos. Tenía la piel húmeda, una cola como un látigo y desde luego, no se asemejaba a ningún animal de la era en que ellos vivían. O era una nueva especie, o era un dinosaurio, antiguo, de verdad.

El niño y su hermano mayor volvieron a casa por la noche, y su madre les esperaba enfadada: habían llegado muy tarde. Los dos le contaron la misma historia sobre el dinosaurio, y los arañazos múltiples en piernas y brazos, consecuencia de arrastrarse por la entrada a la cueva, preocuparon a la mujer.

Por la noche, antes de que todos se fuesen a dormir, la madre les dijo a sus hijos: «si es verdad que hay un dinosaurio, traédmelo con una correa puesta que quiero sacarle a pasear para que los vecinos lo vean.» Dijo aquello con mucha seriedad hacia sus hijos, pero cuando entró en la habitación se empezó a reír poniendo su mano sobre la boca para que sus hijos no la oyesen.

Los chicos no estaban cuando ella se despertó. Preocupada, llamó al colegio. No estaban allí. Decidió esperar unos minutos antes de entrar en pánico.

Aquellos minutos fueron suficientes. Afuera llovía. Alguien llamó a la puerta: eran sus hijos. Estaban manchados de barro, llenos de arena y plantas de la cabeza a los pies. El mayor llevaba una correa de la mano.

La madre casi se desmaya al ver aquello. Una criaturita con pico y dientecillos afilados la miraba con unos ojos enormes mientras correteaba entre los tres.

FIN

Y aquí había llegado al final de su paseo por aquella noche. Dejó una parte de sí mismo en aquel bosque, un trozo de amor por aquello que significaba, por todos los símbolos que por ella habían nacido. Seguiría paseando por el Bois de la Cambre, mientras imaginaba nuevas histoires. Por hoy, buscaba el sueño.

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