La locura [vacío turco de ratón ¬ (¬ volverá)]

Trasponte y trasplante, de h-oreja al h-orizonte

Trasponte y trasplante, de h-oreja al h-orizonte

En derroche, aquella noche desgasté las calles con mi paseo. No dormí; me aproveché de las picaduras de la fiebre vagabunda, de mosquitos de los días del pasado que mordieron. Y así erré, como cuentan los grandes libros que hicieron las más insulsas e irrelevantes personalidades.

Caminé a través, traspiés y rumbos, sin citación requerida por el tiempo, sin coetáneos que gritaran, a mis anchos lados vacíos de carne y llenos de calle: «¡¡he ahí el despojo, la vicisitud del deterioro, de la bulimia del saber, de los cerrojos de la ciclotimia en mañanas de café necesario!!» ni ninguna de aquellas estólidas frases hechas, complicadas por el tiempo y la simpleza cada vez más enmarañada de la creencia del saber humano.

No había silencio, tampoco. Rabias de festín de hojas y arena colapsaban las ventoleras de primavera tardía, chapurreando la lengua de los pájaros caídos, de las cigüeñas confusas y los animales ya irreconciliables con el mundo. No me sentía en mi elemento, desde luego: nadie en sus cabales lo haría. Pero mejor que peor que otras noches, recorría la luna medio oculta el agujero de mi retina, y con aquella luz, anduve horas hasta que la rapsodia de tonos de rojo rompió la calma del mundo-ciudad al candor del ritmo de metrónomo de las persianas subidas en cada casa.

Fui acelerando para adaptarme al ritmo, y acabé en un bar. Despistado y difuso, dejé los mapas borrados del errar, la guadaña del ignorante, el callo del salvaje en mis pies, y entré con parsimonia y civilización al recinto lleno de mesas.

Con cautela y señorío, pedí un café con tostadas, asegurándome, simultáneamente a aquel acto, que llevaba dinero encima. Reclinadas unas sobre otras, como señoritos adinerados tomando la sombra de los cocoteros, todos bien juntos para sentir compañía dentro de su individualismo rapaz, estaban las monedas en mi bolsillo.

Un reflejo de luz fina me hizo cerrar los ojos, y entonces vi aquello que lo había causado. Aquel monóculo, aquel señor o señora, aquel monóculo con señor/a detrás. ¿Se habría visto criatura semejante en los tiempos actuales, en una cafetería, a las 6 30 de la madrugada?

Una descripción somera consistiría en la simpleza de llamarlo espagueti, como a tanta otra gente. Pero el caso es que algo mejor se merecía. Aunque sin duda, por sus mocasines, seguía siendo aquel un ser de pasta.

Un cuerpo fino, pero no tan largo como un tallarín, a menos que éste estuviese convaleciente por fractura, podría asemejarse a aquella figura. Pero realmente su constitución amedrentaba. También lo hacía su aspecto, sin duda. Era debido a una peculiar sensación visual que, ante su cercanía, hacía buscar con rapidez y nerviosismo algo firme a lo que agarrarse para no caer mareado. Su cuerpo, aún detectable incluso cubierto por el vistoso frac que vestía, era como el de un macarrón retorcido. Como uno de esos penne en espiral que tanto juego dan al dente, pues saltan y ruedan dentro del plato cuando los intentas pinchar.

Así era él, el caballero-dama de la lente en un ojo, el frac y el efecto macarrón.

Se sentó frente a mi y me pidió permiso para abusar de mi tostada, que acababa de llegar a la mesa. Ante tal petición, y deslumbrado aún por el destello de los rayos de sol en su monóculo, le cedí el plato sin mayores miramientos. Él, rápido en sus palabras, que eran suaves y formaban frases de curiosa poética, puso la palma de la mano sobre la mermelada de una de las tostadas, salpicando todo a su alrededor, y dijo:

«Desperté la noche antes, de bruces en la calle fría. Me elevé entre gente pía, la verdad, ya, noche tardía. La misa del gallo, decían, ‘¡¡la misa del gallo, hija mía!!’. Me alejé de aquella revuelta, de aquel Cristo y su santo día.

Volví a recorrer las calles, me senté, encontré comida. Una mañana en manada me atacaba, ¡coches, fieras, aquella nueva tecnología! deseé encontrar mi día, mi perdido, antiguo guía. Desperté, estaba claro, ¡¿pero dónde, por qué siglo transcurría?!

Daba igual, ropa, llevaba. Mi familia, no sabía, no importaba dónde estaba. Ellos ya no me querían. Hijos nuevos, nuevas cosas, la historia me atronaba. Y de mí ya no se hablaba. Ahora mira, digo cosas, verosímil, divertido, eso dicen, así me llaman.

Ay mi nombre, bello era, el que ha ya me llamaban, me usaban, ejercían, me trataban y amueblaban. Del humano era familia, de sus cachorros me cogían con un hilo en lo educado. ‘Coherencia’, ven aquí.

Ahora mira, aquí, tardía, en Locura me he encorvado. Frente a aquella heladería de allí enfrente amanecí, aquel día que me echaron de acogida en mil hogares.

No te mires ni te busques, no te cierres ni te encierres, no hagas mundos de tus libros, no te uses como nudo.

Eres libre, vívete.

Eres libre…

¡VETE!»

Asustado por el grito salvaje de aquel personaje, que resonó como una estampida de tormentas con miles de truenos en sinfonía, de volumen insoportable, me caí de la silla por el impulso inconsciente dado por mis músculos. Me levanté muy rápido. Lo miré, sus ojos enloquecidos y su mano aún sobre la tostada, intentando despegarse, mientras su cuerpo parecía girar en espiral.

Salí corriendo del bar, mirando hacia atrás. El individuo me seguía con exactitud pavorosa con su mirada, flamígera, como si los puntos del espacio no tuviesen secretos para él, como si supiese todo de mí, los horrores y beldades, las sonrisas y las lágrimas que había pasado. Una fuerza enorme parecía empujarme y retenerme a la vez. Me daba la sensación de que estaba en todo momento tan cerca de ser engullido por aquel ente como de ser liberado de todo aquello.

Giré la cabeza y pateé el suelo para empezar la carrera.

Corrí hasta mi casa e intenté olvidar. Fue imposible.

Siempre he recordado. Aquel día sentí miedo, por su cercanía, a la locura.

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