-Excerpt ratonus- ¿A quién le importa la Dama del Tulipán blanco?

Fe, Justicia, que se yo

La Dama del Tulipán Blanco

Las luces brillantes, combinadas con la luminosidad exterior que entraba por las persianas abiertas de un despacho en el piso 451 de un edificio de oficinas resaltaban los rostros de dos personas dialogando. Uno de ellos, un hombre alto de mandíbula poderosa y rasgos marcadamente caucásicos, enfrentaba a otro individuo. Este último estaba tranquilo, mirando con calma la expresión descuajada del primero: boca abierta y frases explotando desde sus cuerdas vocales, con un tono amenazante que reflejaba, en las subidas y bajadas del volumen del discurso, inseguridad y miedo.

-Tu empeño en mantener todo eso en catálogo nos está causando muchas pérdidas. ¿A quién le importa ya la Dama del Tulipán blanco? Desde luego no digo que lo retiremos por ser un producto extremadamente sexista, o que sea de mala procedencia, pero dime, ¿quién lo pide, qué publicidad compatible con ese delirio anacrónico podemos ofrecer?

-No, me niego. ¿Quieres también que retiremos el Hombre de Hojalata Contemporáneo, acaso?

-Mira, haz lo que quieras, tu eres el gerente y director, pero te digo que deberíamos atacar de algún modo el desprestigio que está causando esta cabezonería. ¿Qué pretendes? dímelo. Alcanzas a ver tan bien como yo que nos vamos a pique, que nadie quiere lo que vendemos. Aún cuando no eran productos y se dejaban alcanzar por inspiración, cuando algunos de ellos eran constitutivos de ciertas personas, Ellos los empezaron a extirpar. ¡Y sabes bien que pocos se quejaron!

-No sigas por ahí.

-¡Sí, pocos lamentaron entonces la extracción de la inocencia o la esperanza. Las tensiones y dolores estaban mejor fuera. Si nosotros estamos aquí sufriéndolos es por tu voluntad, porque querías mantener un órgano directivo de personas al modo tradicional. ¡Por favor!, me arrepiento de haber sido escogido para esta tarea, de que fundases esta entelequia absurda. Los únicos artículos retro que triunfan en el mercado son los materiales, lo palpable, lo que pueda ser un buen manojo de algo rígido que frotarte por el cuerpo, algo con lo que cubrirte, como puede ser la ropa o el atenazante pulso físico que pueden proporcionar esos coches que te permiten acercarte a la posibilidad de colisión. Sólo lo rígido, lo brutal, lo que no requiere tiempo para meditar una decisión ni intangibles disposiciones se lleva el título de ídolo de ventas.

-Sabíamos nuestro lugar en el mercado desde el principio. El proyecto se decidió en aquella primera reunión, puedes mirar los estatutos en que se basan las órdenes y propósitos de esta empresa. Conoces el principal de esos propósitos: renovar la presencia del cuidado, los sentimientos, las esperanzas y ciertos miedos.

-No son necesarios, de verdad no necesitamos nada de eso. Ahora me empiezo a dar cuenta, te has quedado anticuado. Los miedos no impiden que las cosas se vengan abajo. Nosotros no podemos intervenir en Lo Decidido.

El hombre alto se había sentado, peinándose con los dedos el flequillo moreno que le caía de manera irregular por la parte izquierda de la frente, cerca de la cicatriz circular que intentaba disimular, marca de una herida profunda. Aquel ejecutivo desesperado llevaba toda la conversación pasándose el dedo anular por la fina membrana de piel que cubría aquella cicatriz, bajo la cual no parecía haber hueso alguno.

El que estaba sentado seguía en la misma posición que al principio de la conversación, los músculos faciales en calma, aunque su mirada se había tornado opaca, sin luz.

-No voy a hacer ningún cambio en el catálogo. Sigue habiendo gente que requiere nuestros servicios, ahora que esto que nosotros procesamos y vendemos no es nada más que un producto del sector terciario. Todos los que nos compran algo desean la reincorporación de todo esto a un ámbito que no sea la venta, a un ámbito incontable, impagable. Son una minoría y están casi olvidados por el resto, pero nosotros compartimos sus intenciones. Si bien no podemos conseguir la vuelta a la era previa a la Mercantilización Emocional, aún podemos venderlo. Somos el único foco del sector que tiene fuerza.

-Te repito que nuestras ventas han descendido. No hemos vendido ni una sola unidad de El Posible Futuro Brillante en meses. Deberíamos replantear…

La silla crujió cuando el que la ocupaba se levanto bruscamente, los hombros encogidos en actitud tensa.

-¡¿Replantear qué, todo el proyecto, de arriba abajo?! ¡Si estamos aquí es porque juntos decidimos hacerlo! Fue tu mujer la que quiso traer de vuelta tus sentimientos y que te incorporases en esto, ¿no? Es cierto que fue su voluntad y no la tuya, pero acuérdate de que también te habían extirpado la voluntad. Cuando volviste en ti agradeciste la bula que te concedieron para trabajar aquí en esas condiciones ¡No podrías sostener una conversación ni unos argumentos sin esas emociones que llevas ahora encima, en contra de seguir sintiéndolas! Eres contradictorio. Debemos seguir con el proyecto, aunque no genere ganancias.

-Esa perra me hizo volver, no lo dudo. ¡Y no quiero odiarla ni amarla! No quiero padecer, no quiero encontrarme conmigo mismo cada mañana en el espejo y que me duela la cabeza por algo distinto a un golpe contra una farola al andar sin rumbo claro por los raíles de la ciudad-refugio. Si quieres seguir llevando el negocio con ella, adelante. A mi despídeme o llévame lejos, o terminaré yendo contra ti y contra todos aquellos que vendéis esperanza, inocencia y basura del estilo. Y pretendéis reimplantarla como algo público. Desgraciados.

-No merezco tus insultos, no los voy a permitir.

Los dos individuos estaban de pie ahora, manteniendo una mirada fría en el silencio que había seguido a sus palabras. El director seguía cerca de su silla, observando con cautela, mientras el otro se daba la vuelta, acercándose a un interruptor que había en la pared.

«Mira esto», dijo pulsando el interruptor. Las persianas automáticas se cerraron, las luces brillantes de la oficina se apagaron. Todo quedó a oscuras excepto una zona que había detrás de la mesa del director. Era un tocador con un espejo ovalado. Allí aún había una luz, tenue y fluctuante. La fuente de aquella luminosidad eran dos velas que en su momento habían sido largas y eran en ese momento dos pequeños montes con una mecha y su luminaria encima.

Reflejados en el espejo estaban los dos hombres, que se miraban entre sí en el reflejo del cristal plateado. El más alto se acercó al oído del otro, agarrándole fuerte del brazo mientras el director temblaba cada vez de manera más perceptible y susurrando, le dijo:

«No hay más luz que ésta en todo lo que pretendes que perviva, todo ese trasunto abigarrado de innecesarias fobias y filias. Es frágil y fluctúa. Poco puedes hacer por sostenerla. La era en que podíamos mirarnos entre nosotros o en el espejo y pensar que nos conocíamos se fue derritiendo como esas velas. No, no es que no merezca la pena luchar por ella: más bien merece la pena apagarla para siempre. No quiero volver a sentir ni saber de mí, no es nada útil. Pero mi último deseo te lo dedico a ti. Quiero que mueras.»

En el momento en que dijo aquello agarró del cuello al otro hombre y apretó sin que este pudiese resistirse. Era viejo, al fin y al cabo, y no tenía muchas fuerzas. Su mirada mientras le ahogaba no era de resignación, aún pretendía luchar. Pero al fin cayó sobre el tocador, sin vida.

Cuando le soltó, a aquel tipo largo el flequillo se le había descolocado de nuevo. Lo repuso y se llevó la mano a la cicatriz, frotándola durante unos segundos. Entonces no quedó más posible sonido que el de sus movimientos y palabras en el despacho y, tras acercarse al espejo aún más mientras se observaba, sopló las velas. En la total oscuridad, puso la mano sobre el cuerpo del director, en ademán de dedicarle lo que iba a decir, y firmó su esquela al aire con unas palabras: «un espejo sin luz siempre fue la mejor manera de verse a uno mismo reflejado. Es algo que hasta tú aprendiste, aunque te gustase mirarte en la luz. Pero te faltó saber algo: en la oscuridad total, donde ni siquiera conocemos la existencia del espejo, es hacia donde debemos encaminarnos. Sin palabras. Nunca más.»

Un golpe seco sonó en la sala a oscuras, ignorado desde el exterior, imperceptible para la propia oscuridad del interior.

Nada.

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