Trip-trap mouse, caged by the sand: rápida vida

Columnas templo egipcio

Después de pasar varios minutos sentada en la arena, decidí levantarme para recorrer el templo por dentro.

El interior era amplio, el área principal compuesta por filas y filas de columnas y al final un altar. El techo se conservaba casi intacto menos por algunos agujeros por los que entraban haces de luz.

El ambiente había cambiado al entrar, ya no se notaba la sequedad en el aire, tan característica del desierto. Había cierto grado de humedad en el pasillo alargado anterior a la amplia sucesión de columnas en la cual desembocaba.

En esta primera sala, las figuras de dioses y los jeroglíficos corrían, aún coloridos, a lo largo de las paredes.

Según me aproximaba a la zona de columnas iba notando una opresión en el pecho que me hacía cada vez más dificultoso respirar. Parecía que la humedad se fuese reconcentrando según me internaba en el templo. Quizás no era sólo la humedad, sino los conservantes químicos que los arqueólogos empleaban para que aquellas magnificas pinturas aguantasen mejor el paso del tiempo.

No sabía bien cual era la causa, pero mis pensamientos se ralentizaban y cuando miraba mis pies dando pasos, uno tras de otro, veía el proceso con una lentitud imposible.

Pasadas las dos primeras filas de columnas, un chasquido ante mí me hizo levantar la vista. Había alguien mirándome, semioculto tras uno de los cilindros de piedra. Pensé que debía ser otro visitante o alguien encargado del cuidado del templo. Cuando aclaré mi vista vi que aquel supuesto extraño era otro imposible: era un amigo de mi infancia, y conservaba la misma edad que cuando le conocí. Nunca había vuelto a saber de él. Pensé en acercarme, pero algo tiraba de mí llevándome a avanzar en línea recta, sin mirar hacia los lados o hacia atrás. Sólo podía ver aquello que entraba en mi ángulo de visión sin girar el cuello.

Según iba pasando entre las filas de columnas, el fenómeno, para mi sorpresa, se repetía. Iban apareciendo personas que había conocido en algún momento de mi vida y de las cuales me había separado, ya fuese porque habían muerto o porque no habíamos vuelto a tener comunicación. Algunos aparecían agazapados, como si tuviesen miedo a desvelarse ante mí, mientras que otros permanecían firmes, erguidos, mirándome. Ninguno de ellos lucía una expresión precisa que connotase alguna emoción, todos lucían un semblante de gesto neutro, indiferente. Por mi parte tenía un bolo de emociones retenidas en la presión en mis sienes y el vello erizado; tenía la mandíbula tensa, pero no podía relajarme, ellos no dejaban de aparecer y yo no podía dejar de caminar.

Entre las columnas aparecían los paisajes en los que había estado con todos ellos, cada lugar junto a su correspondiente persona. Aunque deseaba parar ante cada uno de ellos, aunque un cierto horror me invadía al ver a algunos de ellos, no podía hacerlo. Seguía avanzando lentamente pero sin pausa.

Los que iban quedando atrás parecían desvanecerse inmediatamente de mi memoria y mi atención se centraba en los siguientes que aparecían. Aquello me causaba tristeza y también un cierto consuelo, como si en el momento en que pasaba a su lado se efectuasen despedidas cordiales con cada uno.

Cuando llegué a la zona del altar pude mirar hacia atrás. No había nadie, era un templo vacío. Estaba extenuada. Todas aquellas personas que habían aparecido en mi vida y que en determinado momento desaparecieron se habían presentado allí en poco tiempo, una tras otra, para después volver a irse. Al tomar asiento en la base del altar, sentí alivio al estar sola. Pude respirar profundamente, la presión en el pecho había desaparecido a pesar de que aún tenía los ojos inmersos en una niebla que, por lo que descubrí al llevarme la mano hacia ellos, seguramente era causa de las lágrimas: había llorado sin darme cuenta.

Allí sentada, más tranquila después de un rato, contemplé la grandiosidad del interior del templo, aquellas enormes columnas, repletas de jeroglíficos, el techo lleno de dibujos de constelaciones y dioses. Me perdía entre ellas, buscando alguna estrella conocida, cuando el viento empezó a soplar, la arena venía hacia mí.

Y retomé el viaje. Y retomó el viaje.

Las partículas de color pardo, pequeñas piedras de materia, iban retirándole de aquél recuerdo, devolviéndole el equilibrio, poniendo sus patitas sobre la tierra. Ratón en suelo de nuevo, el montón de azúcar morena seguía ante él, junto a la bolsa de la que había salido. Las banquetas del bar le rodeaban. El silencio llenaba todo de nuevo. Ningún vestigio de gritos, ninguna muestra de todo lo que acababa de vivir. Tan solo aquel cotidiano bar, la calma de la noche. Cansado por todas las experiencias vividas, el hombre-ratón se quedó dormido.

Al otro lado de las lunas del comercio se oían dos voces en arrebatada discusión. Provenían de la discordante dualidad que eran aquellos dos chicos que tenían una roedora sospecha.

«-¡Te dije que no teníamos que robar el camión! ¡No sabemos conducir! ¡Mira la que hemos armado destrozando ese coche, ¡casi nos arrestan! Menos mal que hemos conseguido escondernos.»

«-No hemos corrido peligro en ningún momento, exageras. Además ha merecido la pena, hemos podido comprobar que él estaba aquí y si no nos hemos equivocado, aquí seguirá mañana por la mañana. Tenemos que hacer guardia.»

Se alejaron un poco del bar, hablando bajo. La noche siguió su curso.

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