Sobre niños etíopes y tablets (Ratón interruptus)

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El otro día, estando con un grupo de amigos, uno de ellos comentó algo sobre un artículo que había leído. El artículo trataba sobre un experimento llevado a cabo en dos aldeas de Etiopía.

Los artículos y el desarrollo mediático de ese experimento involucran, por citar los componentes a modo de despiece de factura electrónica:

-niños

-dispositivos electrónicos de última tecnología (tablets)

-miseria

-analfabetismo

-un proyecto benéfico/caritativo

-contraste entre el primer mundo y el tercer mundo

Con estas piezas es fácil engranar algo humanamente mucho más ‘deliciosamente’ manipulado que la propia manipulación de las tablets en torno a los cuales gira la polémica, los artículos y el proyecto mismo.

Si nos detenemos en primer lugar en el plano de la información sobre el experimento, es decir, de lo retransmitido por segundas personas, los artículos, los medios sobre ello, hay ciertos puntos que recalcar.

La mayoría de los artículos en los que se habla de este experimento parten de la base de establecer un juego de luces y sombras que consiguen darle un tono de asombro y sorpresa a cada una de las líneas que tratan sobre el experimento. Este asombro, sorpresa y capacidad para impresionar se agolpan, impacientes, para saltar ante los ojos del lector en cuanto termine su lectura del artículo. Por su intención, este modo de estructuración de la información querría conseguir que el lector se levantase de la silla dando saltos, gritando X conclusión inesperada y falsamente importante. La intención de estos textos es, en resumidas cuentas, el asombro vacío como primer propósito.

Ahora bien, ese vacío en el asombro es algo que puede ser rellenado con contenido que puede resultar realmente útil, sea cual sea la dirección de su utilidad.

Pasemos primero a exponer por qué tipo de medios ha llegado hasta nosotros la información sobre el experimento.

Por supuesto, hay grados en el acercamiento a la realidad en esos medios. Algunos intentan ceñirse más al propósito o la demostración real que se pretende en el experimento, aunque nunca acercándose realmente. Un factor que impide este total acercamiento a la experiencia pretendida y realizada es ya el propio medio principal de propulsión de la información sobre el experimento, es decir, los promotores del mismo. La organización de la cual depende el llevar a cabo ese experimento podría ceñirse a lo realizado y lo conseguido de una manera más exacta, pero en este caso no sucede de tal modo.

Los artículos de medios secundarios sobre los que trata esta reseña son los publicados en la red/medios de habla hispana, la mayoría de las veces siendo un reflejo deforme de lo que los medios de habla inglesa o francesa exponen, a pesar de que estos últimos tampoco participen escasamente del sensacionalismo.

Los artículos bajo esta categoría de los medios de lengua hispana tratan el experimento partiendo de «lo curioso que es». Una curiosidad despertada desde las vías del asombro antes mencionado, y que se intenta despertar ya con la introducción de la frase «historia curiosa», «hecho asombroso» o similares. Pues ‘curioso’ en este caso no quiere decir que aporte conocimiento o algo novedoso, que detrás haya un contenido, sino tan solo que a continuación se nos abrirá la puerta hacia alguna emoción, ya sea la ternura, la afabilidad, el temor, la rabia, el celo, pero sin partir de proporcionarnos un conocimiento novedoso. Simplemente no saliendo en ningún momento del ámbito de los sentimientos desnudos. No pueden provenir estas emociones de nuestra admiración por algo que nosotros mismos podamos entender hasta sus más hondas implicaciones y principios, por lo bien explicado que pueda estar y que nos haga desvelarnos con una pizca de conocimiento, llevándonos a la emoción: no. Esa explicación primaria quedará desplazada al vacío, relegada a lo innecesario por principio. En ningún momento se pretende despertar al lector una pregunta por ella, sino tan sólo que acepte y lea la descripción de consecuencias y sentimentalismos que forma el texto de los artículos bajo una supuesta estructura de explicación de un experimento científico. En ningún caso se acercan a la explicación de orden científico real.

Así pues, se trata de despertar una emoción en nosotros. Esa emoción es el puente de unión con la conclusión que se extrae de la interpretación social/política del texto.

Hay una tesis política/social que respaldar o que rechazar, y en esa dirección es en la que se apelará a los sentimientos del lector para despertar su pasión/rechazo por la tesis en cuestión. Aquí es donde el asombro vacío se rellena con un contenido útil, de índole social o política. Por supuesto, esto no se explicitará en ningún momento.

La conclusión en la mayoría de estos artículos suele ser presentada a modo de preludio amable e irrefutablemente claro, aún antes de presentar el experimento científico como tal, en su pretendida objetividad (1º: si es que en este caso el experimento la tuvo, y 2º: si la tuvo, ha quedado perdida en estos artículos, sustituida por esta falsa presentación. También cabría preguntarse sobre la posibilidad de la absoluta objetividad en ciencia, pero al menos estemos de acuerdo en que la pretensión de toda investigación científica es obtener/dotar de un conocimiento objetivo sobre el mundo.)

En este caso, el experimento tiene una base sociológica: una ciencia que se desarrolla en el terreno de lo social, lo humano. Debe contar con la consideración de muchos factores subjetivos y contingentes: eso es contemplado ya en su base, en la realización del experimento y en las condiciones en que se quiere llevar a cabo.

Esta base sería un primer momento: la realidad de los factores del experimento y su rango de posible variación, se pueda delimitar éste o no. Ahora bien, los artículos, la información sobre este experimento trasponen, deforman, difuminan y cambian lo que eran aquellos factores en principio al exponerlos desde otra visión y con una finalidad ya implícita que no es la misma que en principio en el experimento se contemplaba. Una finalidad no experimental sino de otro orden, una finalidad emotiva, bajo la cual queda subsumida la finalidad científica y deja de verse entre cantidades de palabras de chuchería y veleidad.

Así, hay dos usos del experimento: el primero, el que pretenden los científicos para adquirir conocimiento. El segundo es el que los medios de información pretenden para el propio apoyo de sus convicciones ideológicas.

Presentaré al fin el experimento, al modo en que lo exponen estos medios:

«Unos niños que están en la miseria del tercer mundo, son analfabetos y no han visto un equipo electrónico en su vida, consiguen manejar unos tablets de última tecnología con los que han sido dotados.

Ellos no necesitaron instrucciones, no necesitaron explicación. Se les dio dentro de una caja, y tan solo se indicó a sus padres cómo recargar la batería. Los niños nunca habían visto un botón de encendido. A los 15 minutos encendieron el equipo. A los 5 días usaban software. A los 5 meses habían conseguido hackear el equipo para poner en marcha la cámara, inhabilitada en principio por un informático experto.»

Algunos enlaces a artículos:

http://www.laneros.com/f134/ninos-etiopes-hackear-tablets-android-conocimientos-5-meses-210548/index2.html

http://www.redusers.com/noticias/ninos-etiopes-hackean-tablets-con-android/

http://www.lasexta.com/noticias/mundo/ninos-etiopes-aprenden-leer-escribir-tabletas-electronicas_2012110900132.html

http://news.bbc.co.uk/today/hi/today/newsid_9765000/9765200.stm

http://dvice.com/archives/2012/10/ethiopian-kids.php

La conclusión en la mayoría de los artículos es de una gran emotividad y fuerza para respaldar argumentos propios decididos por el autor. Como ejemplo, uno de ellos, el más cargado:

«Muchas veces detrás de muchas acciones humanitarias hay un trasfondo, unas historias realmente curiosas. Por desgracia vivimos en un mundo mal repartido y podemos considerarnos muy afortunados de vivir en la parte en la que hay más posibilidades y recursos. Pero a veces hay cosas que ponen de relieve que lo que realmente pasa es que vivimos demasiado acomodados y que tenemos un sistema educativo que realmente no enseña.»

Tras exponer esto, falta la última clave, uno de los componentes que he citado al principio, de gran importancia: la organización caritativa.

En este caso es la asociación One Laptop per Child, cuyo fundador, Nicholas Negroponte, hizo las siguientes declaraciones:

“We left the boxes in the village. Closed. Taped shut. No instruction, no human being. I thought, the kids will play with the boxes! Within four minutes, one kid not only opened the box, but found the on/off switch. He’d never seen an on/off switch. He powered it up. Within five days, they were using 47 apps per child per day. Within two weeks, they were singing ABC songs [in English] in the village. And within five months, they had hacked Android. Some idiot in our organization or in the Media Lab had disabled the camera! And they figured out it had a camera, and they hacked Android.”

Partiendo de todo esto, debemos saber que esa organización se dedica a desarrollar productos como software con pretensión didáctica. Por un lado, el equipo de ingenieros que se dedican a ello estará volcado en conseguir el mejor software posible para ese propósito.

Ahora bien, esa fundación funciona bajo la influencia de la distribución y uso del sistema operativo Android en todas sus actuaciones y experimentos. Como podría funcionar, en otros casos, con cualquier otra. El papel de la publicidad en este sistema de trabajo es indudable. A Android le conviene que se desarrolle de tal modo, que los medios sean sensacionalistas y que se creen unas expectativas, un “hype”.

Escapando de esta deriva del planteamiento, que nos llevaría a una crítica de la influencia de las empresas en todo el desarrollo social actual, sigamos centrados en el sensacionalismo que es medio en primer lugar para la publicidad de la empresa involucrada y en segundo para los refuerzos de argumentos buscados por los autores/directores de los autores de estos artículos.

No haré más que comentar las declaraciones del propio fundador que, por cercanía al sensacionalismo del que hacen gala los demás textos secundarios, pone de relieve que en él se apela a los sentimientos y la fuerza emotiva, pero nunca al carácter científico que, por supuesto, si se diese puro y sin chispa en los medios, no tendría tanta relevancia ni éxito, fuese o no un logro la investigación o no.

Empieza diciendo, cautelosamente, el modo en que dejaron las cajas con los ordenadores en la aldea. «Cerradas, sin instrucciones, sin seres humanos alrededor.»

Aquí ya hay que resaltar lo absurdo de la frase “no human being”, pues una aldea es propiamente un trasunto de cualquier ser humano, de al menos un ser humano, no es la foresta salvaje y descarnada, y aunque estén en sus casas, durmiendo, cuando salgan y vean las cajas, un mínimo de conocimiento tendrán sobre qué es aquello, pues además a los padres de los niños les habían enseñado a cargar los aparatos.

La segunda cita se la merece el que diga «¡pensé que los niños jugarían con las cajas! en 4 minutos, un niño no solo abrió la caja, sino que encontró el interruptor de encendido/apagado. Ese niño nunca había visto un interruptor de encendido/apagado.»

¿Quiere decir que, puesto que ese niño ha nacido en un lugar ajeno al primer mundo del que proceden las tablets, es sorprendente que no sea un salvaje y que pueda, en primer lugar, abrir una caja?

Las cajas, aunque sea a golpes, se abren. Al igual que los cocos, las papayas, o cualquier fruto, cualquiera que podamos encontrar en Etiopía. Si hay algo dentro, la curiosidad que tiene un niño no le evadirá de ello. Irá directo a ver qué es eso. Porque los niños no son gatos, ni perros, ni ningún otro animal para el cual un ordenador/un juguete/algo brillante y manufacturado puede ser lo mismo que una papaya. Y aunque fuesen iguales que los perros, ese aparato tan peculiar llamaría su atención.

Respecto al interruptor on/off cabe decir que llegado un punto, al tocar toda la superficie de uno de esos magníficamente diseñados tablets, en los que hasta su estética hace tender a cualquier persona, e incluso bestia, hacia sus zonas clave, no es extraño que encontrase el botón de encendido, pues si al apretarlo el dispositivo se encendió, la relación causa-efecto que establece el niño, aunque haya venido de un hecho totalmente casual, arbitrario, le lleva a observar que de ese lugar ha surgido tal fenómeno, el que el aparato se ilumine. No sería característico de ningún niño que en ese momento, al encenderse la pantalla, su atención fuese llevada a otro sitio. Y aunque así fuese, seguiría sabiendo que ese botón ha servido para lograr aquello.

Bajo toda esta disquisición, me gustaría contemplar algo. La diferencia entre el tercer mundo y el primer mundo, los países subdesarrollados y los muy desarrollados, es siempre en el sentido de la existencia en el segundo de la igualdad de oportunidades, y de la posibilidad de acceder a unos bienes, a unos medios, en este caso, de aprendizaje, que en el tercer mundo no se dan.

No obstante, en relación a aquellos niños etíopes, si bien tienen mucha menos cultura (es decir, variedad de experiencias e imágenes que les permitan comparar y contrastar) que los del primer mundo, no es verdad que estén totalmente aislados, y saben distinguir un palo de escoba de un bote de lejía o gasolina. O si seguimos bajando en la escala, saben distinguir quien es su madre de qué es una rama de un árbol. En cualquier caso, no por ser del tercer mundo su capacidad de aprendizaje está anulada. Solo sus oportunidades de desarrollarla.

Y aquí es donde viene a poner la fuerza de la emotividad el artículo, y también la declaración de Nicholas. Hay un giro desde la consideración de estos niños como salvajes hacia una sorpresa increíble: ¡estos niños no solo no son salvajes, sino que son hasta más capaces y excelentes que los del primer mundo! Aquí es donde el factor de emotividad alcanza cotas tan grandes que ni un cachorro de gato persa acariciando las almohadillas de su mamá con la lengua causaría en nosotros tanta ternura.

«En cinco días, cada niño estaba usando 47 aplicaciones por día. En dos semanas, estaban cantando el abecedario en inglés en la aldea. En cinco meses, habían hackeado Android. Algún idiota de nuestra organización había desactivado la cámara. Los niños se dieron cuenta de que el tablet tenía cámara y hackearon Android.»

La progresión de asombro y sorpresa, ternura y hurras que caben en estas pocas líneas es tal que de no ser porque este ordenador me ha costado un ojo de la cara lo tiraría por la ventana de pura alegría. ¡Vivan esos pequeños genios del tercer mundo, vivan!

En cinco meses, esos niños habían hecho muchísimas cosas que los niños del primer mundo no han hecho nunca con los tablets. Y habían aprendido a leer, se habían alfabetizado y habían enseñado a sus padres a leer también.

Las líneas incluyen una mención al ingeniero idiota que había desactivado la cámara. De ese modo, el contraste entre la maravillosa capacidad de los chicos y la horrible y malvada ética de ese ingeniero informático queda mucho más resaltada.

Consideremos una cosa. Aquellos ordenadores han sido diseñados con un fin estratégicamente definido: ser útiles como aparatos educativos. De tal manera que hasta la persona más nula en encontrar su modo de aprender pueda utilizarlos. Las aplicaciones que contenían (pues no tenían internet; éstas estaban contenidas ya en la memoria del ordenador, predefinidas) estaban diseñadas con ese mismo propósito. Pues bien, ¿qué hay de sorprendente en que aquellos niños fuesen capaces de manejar los aparatos, y que les sacasen provecho?

Lo sorprendente hubiese sido lo contrario, que no lo hubiesen hecho. En cuyo caso, el desarrollo de las aplicaciones habría sido un tremendo fallo. En este caso, sí, habían funcionado, y eso siempre es algo que celebrar, porque el propósito con que se diseñaron ha resultado fructífero. Pero estas aplicaciones y su hardware ya habían sido previamente testados. De cualquier manera, la emotividad de los artículos y declaraciones no provienen de un «el software funciona, bravo por sus diseñadores». Eso es algo que queda desviado.

Y bien, respecto a los niños, y sabiendo ya que esos programas funcionan con niños, ‘categoría’ para la que han sido diseñados, con propósito educativo, ¿de qué debemos sorprendernos tan emotivamente? Si hay alguna diferencia en estos niños respecto a los del primer mundo no es precisamente en su ‘natural incapacidad’, pues sus capacidades son las mismas. Por tanto el giro hacia la alegría por ‘descubrir’ que son capaces es una pura manipulación. No digamos ya la consideración de esta capacidad como una supercapacidad, por el tono empleado en la declaración.
La diferencia la marcan sus condiciones de vida, y estas recaen en que lo que precisamente no ha de resultar sorprendente es que apoyen su vida y sus horas sobre aquél pequeño dios que les acaba de llegar en una caja.

Su curiosidad, su atención, todo en su vida desde que aquellos dispositivos llegaron a sus manos se centraba en ellos, en saber como funcionaban, en emplearse a fondo con cada una de sus posibilidades pues, realmente, a su alrededor no hay muchas más posibilidades de acción/entretenimiento/diversión/forma de aprendizaje, que no sea la propia búsqueda del sustento, el desarrollo de actividades ganaderas, de aprendizaje de valores casi tribales típicos, que no salen de unos cánones casi totalmente rígidos. La llegada de aquellos tablets fue como la llegada de Jesucristo con la novedosa palabra del Señor a Tierra Santa. Todos querían tocarle la raja cuando le habían matado, para sentir su sangre, para ser como él, para caminar con él y a través de él. Pues bien, estos niños querían caminar a través de aquella estética y estructural preciosidad que era su tablet, llena de posibilidades, aquella gran novedad.
Si bien se puede decir esto en ese sentido, no es real que las tablets por ello sean un ‘dios capaz’, sino que han sido diseñadas para ello, por lo cual no hay sorpresa exagerada de la cual hacerse eco.
Si hubiesen llevado profesores o creado una escuela, la misma sorpresa habría de suceder, entonces. Pero por supuesto, lo importante es recalcar el poder de la tablet.

Pero sí, dejémonos llevar por la comezón del producto: a partir de la introducción de toda aquella masa de posibilidades en tan reducido espacio, cosa que nadie duda que es un tablet en las actuales formas de desarrollo de las mismos, se conmovió toda una aldea. Los modos y costumbres, el ocio, empezaron a girar sobre algo mucho más denso y con capacidades de extensión que eran aquellos magníficos aparatos y no solo alrededor de saltar por encima del ganado o correr más rápido que los demás, o lo que fuese que hiciesen antes. No es extraño que pulverizasen sus posibilidades en tan poco tiempo, siendo estas posibilidades impulsadas ya desde la misma maquina.

Respecto al hackeo, dudo mucho que fuese tan espectacular, y que lo que había hecho un ingeniero informático, si era algo muy complicado, lo consiguiese desvelar y manejar uno de aquellos niños, no porque no pueda haber alguien muy especial, un genio, que puede ser que lo hubiese, y entonces aquello podría darse, sino porque si no lo había, no todos realizaron ese hackeo como si fuesen más capaces que aquel ingeniero que ha dedicado toda su vida a estudiar, horas y horas, sino por la presencia de alguien muy especial. Es decir, no todos, sino alguno. Pero contemplándolo desde un punto más ‘relajado’, lo más probable es que la activación de la cámara no dependiese de una complicada configuración mediante lenguaje informático intrincado, sino de una simple combinación de botones o el acceso a un menú con opciones visuales.

De cualquier manera, no hay superioridad de intelecto característica por pertenecer a una aldea de niños crecidos en la miseria.

Llevando aparte esto último, cabe considerar la cuestión de la confrontación de estos niños y sus condiciones educativas con las que se presentan en el primer mundo. ¿Es acaso este experimento una prueba de que la educación en los países desarrollados no sirve para nada?

No lo es. Para empezar, el ansia con la que aquellos niños se agarran a cualquier novedad que les llegue es inmensa, mientras que en el primer mundo, el ansia de aprendizaje, de novedad, de sorpresa ante las cosas, por pequeñas o cotidianas que sean, está en un nivel mucho más bajo, y además en declive.

Esto concierne a la diversidad de posibilidades, partiendo de la utópica igualdad de posibilidades del primer mundo, que tampoco es nada clara. La diversidad apaga en cierto modo la dedicación a una única cosa. En aquellas aldeas la tablet es esa única cosa.

En la sociedad del primer mundo, una tablet es sólo algo más, entre muchas otras cosas, para un niño.

Si la crítica se encamina hacia la educación como fundadora de ese declive de la curiosidad de los niños, queda muy claro que no está bien fundado el argumento, menos aún si se pretende hacer tan sólo con un respaldo emotivo, el aparecido en aquellos artículos y en la declaración de Negroponte.

Hay que decir que el emotivismo simple intentando fundar una tesis en prejuicios que muevan esas emociones queda fuera de lugar para discutir ciertos temas importantes.

Ahora bien, ante el ataque hacia la educación en el primer mundo, hay que decir que es totalmente gratuito desde aquellos artículos, pues el declive de la curiosidad por ciertas cosas en los niños del primer mundo no es porque desaparezca su capacidad de curiosidad, sino porque va centrada y diseminada hacia muchas cosas a la vez, muchas más, quizás, de las que se puedan dar a un niño cuando está aprendiendo. Pero esto no quiere decir que no aprenda, ni que la educación sea vana. En cualquier lugar, la educación no es causa de ese desvanecimiento de la curiosidad, en ningún caso en primer lugar, y acusando a la educación como un todo de uso exacto y maquínico que no se da cuenta de las cosas. La educación está rellena de personas, de humanos activos y capaces, no es una estructura a la que nos podamos referir como un concepto de desarrollo inmutable y de avance preciso, que no tenga en cuenta los cambios o las posibilidades de aquellos sobre los cuales está: los alumnos.

¿En qué sentido digo esto? en el sentido de que la educación humana, es decir, por parte de personas a los niños nunca debe de ser olvidada. Es lo único que permite que aunque esa curiosidad esté difuminada y expandida, se pueda reencaminar.

El sensacionalismo de estos artículos parece llevar a un apoyo ferviente hacia las tablets y demás dispositivos tecnológicos como fuerza, impulso y motor de desarrollo de capacidades en los niños que una educación en manos de personas no podría llevar a cabo, como según parece sugerirse, silenciosa o verbalmente, está pasando.

Aquí se juega sobre una confusión: no es que los niños no aprendan por el tipo de educación humana que se les da, ni que se deba llegar a una especie de puritanismo en el que no se les de acceso a la variedad de las cosas del mundo, para que así puedan aprender, sino que precisamente, lo importante es la educación personalizada, pues aunque aparatos tales como las tablets estén desarrollados por personas, sus algoritmos nunca permitirán que sean predictivos o didácticos al modo en que una persona lo es, incluyendo aquí, esta vez sí, los sentimientos. Precisamente una eliminación de las personas en el ámbito de los educadores sería fatal para el avance o al menos mantenimiento de lo que ya se ha conseguido en términos de educación.

Así, los dispositivos pueden ser herramientas útiles, pero no por ello se debe abogar por un autodidactismo y supresión de los maestros para la instauración de los aparatos como nuevos tutores. Si bien en ciertos lugares desfavorecidos del mundo quizás estos aparatos podrían ser de cierta utilidad si, en el curso de la ayuda al desarrollo de esos lugares, no se puede introducir una educación personal, no es recomendable, ni cierto siquiera, pensar que porque aquellos aparatos sean más baratos de ‘contratar’ que una persona, y den buenos resultados, se deba empezar a pensar también en la aplicación de este proyecto en la educación del primer mundo, para ahorrar costes. Eso no conllevaría un avance sino un retroceso.

Esto último, la pretensión de los dispositivos como nuevos maestros, es lo que conviene no a la óptima condición de la educación humana, sino a los intereses de ciertas empresas que, bajo la forma de entidades caritativas, intentan, aunque en un fondo utilicen la ciencia como base, apoyar estas tesis para poder ganar dinero, poder.

Respecto a esas entidades, que escudan un propósito de total utilidad y egoísmo, de ánimo de lucro, bajo otras entidades que sólo son carcasas vacías llenas de palabras y una ética de utilidad meramente camuflada por aquellas palabras entre nubes de caridad, cabe decir que si realmente estas últimas fuesen sin ánimo de lucro hasta sus últimas consecuencias y luchasen por un propósito propio, dudo mucho que en su código ético se incluyese el llevar a cabo experimentos de este tipo, con esta dirección, ni emplear productos descaradamente publicitarios de una marca precisa o con una referencia exacta a una empresa. El dinero invertido en el movimiento, fabricación, desarrollo de software, contratación de ingenieros, podría ser invertido de manera mucho más efectiva en el desarrollo directo de las posibilidades propias de aquellas aldeas de Etiopía que deberían poder tener Poder sobre sí mismas para decidir, más que cualquier otra cosa, y que en este caso son utilizadas como campos de pruebas de objetos de lujo para poder extraer conclusiones aplicables al mayor beneficio, a alegrar al Ánimo de Lucro y seguir marcando las diferencias entre el primer y el tercer mundo de manera silenciosa, formando mientras tanto una opinión favorable por parte de los entusiastas que generan en el mundo con su pantalla de pretensión caritativa.

En último lugar, decir que los medios que difunden el apoyo a esas tesis de manera emotiva y sensacionalista son los que menos contribuyen al buen desarrollo de una educación sólida y bien construida.

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