Trip trap mouse, caged by the sand: el templo

Mientras oía aquello, caía entre arena, sin parar, raspándome las orejas redondas de animal pequeño. Buscaba un lugar para refugiarme del grito, mi grito, el grito de ella. ¡Ella! En ella me encontraba a gusto.

Arena, más arena, pero esta vez amarillenta. Visitaba un nuevo paraje.

Pasos, bloques de piedra, coleta, caminar. Un nuevo recuerdo en el que yo, desde las cercanías de una montaña de azúcar, no era mas que el espectador.

Era ella, era suyo, su recuerdo, aquella voz poseía el recuerdo que también, no sabía por qué, estaba en mí.

El grito fue cediendo paso a un torrente de pensamientos e imágenes protagonizadas por una chica de rasgos difuminados, que no conseguía apresar ni reconocer en ningún momento, como si cada vez que fuese a verlo con claridad la imagen fluctuase.

Le di paso a ella, me dejé llevar por aquello.

Andaba sobre arena mullida. Estaba en el desierto egipcio. Iba a visitar un templo aislado al que no solían ir los turistas, un lugar del que me había hablado un amigo hacía tiempo y que llevaba tiempo queriendo visitar. Había dejado el coche atrás a unos cuantos kilómetros, en un refugio.

La que iba a ver era una de las pocas construcciones egipcias que no había precisado demasiado trabajo de reconstrucción. Se había mantenido en pie desde el día en que la levantaron, casi en perfecto estado, aunque la arena la hubiese tapado durante varios siglos.

El Sol aún iluminaba las dunas; quedaban todavía varias horas de luz por delante.

Seguí andando mientras me hacía una coleta para que el viento no jugase con mi pelo. Iba con la cabeza gacha, mirando al suelo mientras manipulaba la goma del pelo. Cuando levanté la vista lo vi. Allí estaba el templo.

La visión de aquellas piezas de piedra, por primera vez ante mi, ver aquellos altos muros y columnas ocres y blancuzcas que superaban en mucho mi tamaño me produjo sensaciones como las que causan la miel, por su color y textura, arenosa pero fluida cuando está fría, y la adrenalina que implica la escalada.

El azote del viento y la arena en suspensión sobre las caras planas de los bloques de piedra y su vagabundeo por las zonas quebradas de los muros producía sonidos que parecían ser parte de un lenguaje propio del desierto.

La situación en que me encontraba me llevó a un fragmento de texto que leí un día:

«Oímos música que alimenta nuestro ritmo y nos hace luchar para crear más, compuesta con artefactos que empleamos con más o menos virtuosismo.

También escuchamos un peculiar tipo de música en los usos de las lenguas, en el cruce de los distintos idiomas del mundo. Por ejemplo, cuando estamos con varias personas de distintos países que hablan en su lengua particular. Todos cuentan con que los demás conversadores entenderán algo de su discurso aún sin conocer por completo su idioma. Si todos escuchan atentamente las distintas voces, llevadas a través de términos distintos, distintas entonaciones, pueden tomarse un baño de sonidos que quizás, en un momento específico, despierten en conjunción un mismo referente, un significado común, al estar expresando el mismo pensamiento aún con distinta forma y sonido. Esa música abigarrada de las distintas lenguas se convierte en un momento de armonía musical entre las lenguas diferenciadas. Empuja a cada uno de los conversadores a querer entender más del resto de lenguas y, desde ese momento, empiezan a aprender la particular música que los demás crean.»

Ante mí parecía desfilar una música propia del desierto. No era sólo el lenguaje de la arena, el del viento y su ajetreo, sino también la contestación del templo, la mezcla de aquellos sonidos con la música de aquella antigua obra humana aún en pie.

El crispado ajetreo de la arena golpeteando contra los muros de piedra y el cacharreante viento, dividiéndose y persiguiéndose a sí mismo entre las columnas, sonaba para mí caótico. Pero de pronto me recorrió un escalofrío de impresión y extendí una sonrisa. Había llegado un momento de armonía entre mi lengua y aquella música diversa. Todo lo que allí se desenvolvía no eran personas, pero pasado un rato me sentí equiparada a ellos en forma corporal. Me sentía como el viento y la arena. Ellos hablaban una lengua distinta y yo no sabía traducirla, pero quizás empezaba a entenderla. Me acompañaba la certeza de que expresábamos lo mismo, yo con mi silencio y mis pasos, ellos con su fino golpear de muros y sus persecuciones impalpables. Me llevaban con ellos.

Me reduje a mí misma a mis movimientos, los ojos bien abiertos, acercándome cada vez más al templo hasta que estuve lo suficientemente cerca como para tener que sentarme en la arena de pura impresión por la magnitud de aquella construcción. Era un lugar increíble. Observando desde el suelo la extensión y el voluminoso desarrollo de aquel templo, me sentí ante algo nuevo para mí. Sentía mi sensibilidad en auge. Poco a poco me iba despojando de todo lo que creía saber sobre aquella arquitectura egipcia, hasta que llegué a la cauta posición en la que se está ante un desconocido.

En ese estado, arredrada por la indefensión e ignorancia en que me sumía aquella visión, se me pasó algo por la cabeza.

Creí encontrar un cierto paralelismo entre la reacción que en los nativos americanos produjo el tren por primera vez, llegando sobre raíles como un monstruo de hierro y fuego, y lo que a mí me estaba produciendo la contemplación de aquella vetusta magnificencia arquitectónica.

Aunque, ¿quién podría decir ahora, si no fuese uno de esos nativos que llevaban cientos de años muertos, cuál fue su reacción ante la aparición de aquella bestia desconocida?

Para ellos, en su contexto mítico, aquél ser inesperado debía de provenir de la voluntad creadora de los dioses. No venía desde el pasado, que ya conocían. No había nada previo que se asemejase a aquello: era algo totalmente nuevo, inimaginable si no era por la mediación de una voluntad divina. Aquella quimera no era algo intemporal, una visión, algo no material, pues era palpable, lo habían comprobado, y tenía todas las cualidades que caracterizaban a las cosas que están sometidas al paso del tiempo. Por tanto aquello había sido traído del futuro, aquel presente acelerado, el cual llenaban de sorpresas los dioses, incorporando cosas al mundo.

Para ellos no había una idea de progreso científico o de investigación que pudiese dar lugar a algo como aquello; sólo el afán de un dios por hacerlo aparecer ipso facto, o en el tiempo que su voluntad desease, podía haberlo formado.

La sorpresa que en ellos causó tal aparición debió de ser terrible. ¿Por qué aquello? ¿cómo debían comportarse ante él? La curiosidad y el temor les invadían ante la vista del ferrocarril, tripulado por aquellas personas que, después de no mucho tiempo, aprendieron que no eran enviados de los dioses, sino mortales que querían invadir los terrenos donde vivían, a la vez que poco a poco echaban abajo su conciencia mítica, derribándola a través de las armas, en la pura lucha por la supervivencia a la que les obligaron.

La ignorancia que les invadiría ante la visión de aquella máquina a vapor en movimiento debió de producir tal asombro en ellos que al principio no pudieron más que contemplarlo y adularlo u horrorizarse ante su paso.

Pero en mi caso, y a pesar de saber a ciencia cierta que aquello no estaba puesto allí por una fuerza todopoderosa, aún poseyendo conocimiento sobre historia y arquitectura, el mismo arrebato de sorpresa ante la magnitud de lo observado, esa exaltación del ánimo que se inmoviliza entre el temor y la pasión de la curiosidad se presentaba minuto tras minuto mientras observaba desde el exterior el templo.

Otra diferencia de mi situación respecto a la de aquellos indios era que yo sabía que aquello era una construcción del pasado. Podía fecharla, incluso.

Aún así, la desabrida sensación de sabor añejo y visión repetida que podría pensarse debería haberme poseído no llegaba, sino que iba en la dirección contraria, hacia un deseo, revestido de temor, de descubrir los secretos de aquel templo, cómo sus enormes columnas se sustentaban y daban lugar a tan espléndida edificación, como si todo lo que ya había visto y conocía de las ciudades del siglo XXI, con sus altos edificios de grandes planchas de acero y cimientos de hormigón, tomase ese carácter desvaído y antiguo, sin mayor interés arquitectónico, artístico o vital que debería haber tenido para mí en su lugar este templo.

Me encontraba, en fin, como si hubiese caído dentro de un reloj de arena volcado, en que las eras del avance de la civilización del hombre en la historia se invirtiesen y diesen el valor de lo completamente nuevo a lo antiguo.

Pensando eso se me ocurrió que quizás aquello traspasaba la metáfora y era algo real, que el desierto podía haber engullido la capacidad humana de controlar la medida de la temporalidad y que jugaba con ella a placer, causando a todo aquel que pisase sobre la arena aquellas extrañas sensaciones.

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