Trip-trap mouse, caged by the sand: el viaje

Aún resistentes a la salida de la inconstante situación de descuelgue espacial en que se encontraban sus sentidos, estos zarandeaban a aquel ratón reflexivo, que se movió con conciencia difusa de lo que hacía, acercándose a la pequeña montaña de azúcar moreno que había bajo el taburete del oscuro bar.

Sacó la lengua y chupó los cristales de azúcar. Saqué la lengua y chupé los cristales de azúcar.

El paladar me condujo por sabores tiernos, exóticos. Los desprendimientos de los granos de azúcar me sumergieron en el desierto. El frescor que produjo aquella sacarosa en mi lengua menuda me llevó al océano y a los ríos, pasando por terrenos de frondosa vegetación húmeda. Su color marrón amarillento me transportaba, después de esa fresca pasada, hacia una mezcla rapsódica de trayectos áridos.

Las notas de arquitecturas y paisajes que me sobrevenían causaban en mi la misma impresión que tenía cuando viajaba, cuando me desplazaba de un territorio a otro en el mundo. Estaba siendo transportado de aquí para allá, muy rápidamente, entre los diversos puntos del planeta en los que había estado.

Volví a sentir aquella leve explosión dentro de mí, la rotura de lo estable, el ataque de esa ligera forma de locura que es el viaje.

Hay escasos momentos de sorpresa en la cotidianidad de nuestros actos. La costumbre y el paulatino amodorramiento al que estamos atados en el día a día nos inmoviliza, nos recubre con imperturbabilidad y rigidez.

El viaje rasga esa cortina dura y firme, la atraviesa.

Cuando se pisan tierras distintas a las que uno está acostumbrado a recorrer, aparece un inconstante furor de los sentidos, como si la maquinaria estable y organizada de lo habitual de pronto dejase de proceder al modo usual y se volviese caótica en su funcionamiento.

Y llevado por esa sensación abstrusa, notó que ante sí volvía una escena que había vivido, hacía unos días, en el autobús. Y llevado por esa sensación abstrusa, noté que ante mi volvía un momento que había vivido hacía unos días en el autobús.

Había salido de casa en hora punta y el vehículo estaba lleno de pasajeros. Iba distraído mirando por la ventana cuando alguien le tocó con suavidad el hombro. Se dio la vuelta y vio a un hombre que le indicaba hacia el suelo con el índice; le avisaba de que se le había caído la cartera. Agradecido, se agachó dificultosamente a cogerla y al levantarse, le dirigió una sonrisa y dijo: “merci beacoup”.

Cuando el autobús se había vaciado un poco examinó, sin descaro pero sin reparo, a aquel hombre amable que había avanzado a la zona central del transporte. Ciertos rasgos le llamaron la atención. Luces y sombras en su cara, sus brazos, la firmeza con que se mantenía erguido sin agarrarse a las barras del autobús. Sus pestañas, cortas, las cejas espesas. Cuando el individuo se dio cuenta de que le estaba observando, devolvió una mirada en la que se denotaba la fuerza contenida en sus ojos avellanados y acompañándola, se dibujaba ante mí una imagen del lugar del cual provenía, como un mapa de rasgos minúsculos y casi imperceptibles, estratos acumulados de cierto lugar del mundo marcados en la piel, en los gestos, en lo meramente superficial del vestir, e incluso en el carácter, la mentalidad que viajaba en esa profundidad marrón oscuro de sus ojos.

Al dar con alguien que ha pasado una gran parte de su vida en una tierra distinta, aún antes de entablar conversación con él, se desprenden esas ligeras demarcaciones sociales que ha dejado en él su vivencia en otro lugar del mundo. Se acercan a los propios modos y costumbres mostrando, con sutiles gestos o expresiones, dinámicos o estáticos, una diferencia con ellos.

No son sólo las formas peculiares de tratamiento social las que se hacen patentes, sino también de algún modo esas marcas que han tomado como morada la mirada y los gestos, esos patrones de reacción ante los paisajes en los que la persona se ha habituado a desenvolverse en aquel lugar de la Tierra en el cual ha habitado. Las manos de piel tersa acostumbradas a tomar abrigo en los bolsillos de las prendas de abrigo de los nórdicos, la expresión seria y de boca cerrada de los habitantes del desierto, ojos entrecerrados y cuello ligeramente tenso, preparado para refugiar la cabeza entre la tela de los pañuelos y evitar los golpes de arena.

Al acercarnos a alguien que ha vivido en otro lugar, la zona donde vivió nos parece alejada de nosotros, distante, pero según vamos tomando confianza con esa persona, es como si nos acercásemos también a aquél lugar. Muchas de aquellas marcas, pequeñas firmas en el carácter y el físico, nos permiten poder hacer un pequeño viaje para ver de dónde vienen. Podemos llegar a tocarlas, olerlas, saborearlas. Son marcas de tierra seca, tierra húmeda, tierra sembrada o tierra salvaje que se han quedado a vivir en alguien.

A aquel hombre se le marcaban las estilizadas sombras de tierra roja jordana, las de sus desiertos amplios y sus ciudades de piedra, en la brillante dureza de su piel y los gestos rápidos y eficaces, en su semblante plagado de aristas, fino y duro. Algunos rasgos fuertes de su carácter, venido de la cultura jordana, se hacían claros en aquellos gestos; firme, estricto y poco voluble, pero sociable. Las areniscas pulidas, agujereadas y frotadas por el viento se amalgamaban en vetas marrones en sus iris.

Su intensa mirada podía echar raíces en otra persona si ésta bebía de ella con pasión.

El autobús había llegado a la última parada y todos los pasajeros tuvieron que bajar. La mirada que había mantenido con el jordano no habría durado más de diez segundos. Se cortó el hilo visual.

En ese momento fue como si, aún en el recuerdo, aquel hombre hubiese poseído el poder de invocar a la arena parda de su tierra para que viniese a rodear la escena.

De nuevo la sensación de estar viajando entre granos de color tostado.

Un ruido ensordecedor se iba perfilando, partiendo desde un volumen muy bajo que iba aumentando en mi cabeza.

Volví a oírla chillar, y a él, y a mí. Volvió a oírla chillar, y a él, y a mí.

La arena empezaba a girar, algo empezaba a gritar, a girar, a gritar, repetidamente.

Si no comentas un fémur se comerá tu merienda:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s