Salomón y el azúcar del cielo

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La sensación de pérdida de la situación, del espacio en el que estaba, le agobiaba más que cualquier otro mal tremendo del mundo.

Cuando se perdía en algún lugar, antes de intentar volver a situarse para reemprender el camino, solía contarse a sí mismo, sin abrir la boca, historias que creaba mezcladas con mitos y leyendas que había oído muchas veces.

Aunque esta vez estaba muy perturbado, no sabía si serviría de algo.

Lo intenté. Lo intentó.

Un sobre de azúcar para el café que había tirado en el suelo del bar llevaba el nombre Salomón. Eso le recordó la leyenda del grandioso monarca Salomón.

Entonces me pregunté: ¿cómo fue la caída de su poderoso reinado, el del supuesto como tal, más sabio de los hombres?

Entonces se preguntó: ¿cómo fue la caída de su poderoso reinado, el del supuesto como tal, más sabio de los hombres?

Y quise imaginarlo.

Cuando las rocas negras cayeron bajo su visión, se dio cuenta de que el momento había llegado.

Rocas ardientes, inflamadas de ira e impregnadas desde el suelo por el pánico de los espectadores. Parecían dos enormes pepitas de azúcar moreno traído desde los confines de la frontera del reino.

Salomón extendía su báculo con un gesto que, a pesar de lo desabrido que pretendía ser, era magnífico.

El simple despliegue de aquella tela de hebras de oro de su túnica al levantar el brazo era suficiente para dominar a un pueblo. Para la dominación del resto de individuos o de otras naciones quizás necesitase combinar el aleteo de su preciada vestimenta y sus gestos regios con su mirada de león.

Honroso, radiante, ilustre, poderoso, señalaba con su báculo de gemas hacia las piedras que caían del cielo.

Allá abajo, fuera de los muros de su templo, edificado en la explanada entre el monte Moria y el monte Sión, aquellos a los cuales gobernaba, su pueblo, su orgullo como monarca, le miraban apasionados. Las miradas de temor hacia los objetos que descendían se iban desviando hacia la línea imaginaria que había entre su báculo y las piedras negras. Convencidos, confiados y seguros de los poderes de taumaturgo que dominaba Salomón y con los cuales gobernaba sobre todos ellos y el resto de la naturaleza, los habitantes de aquella tierra despreciaban el temor a cambio de la curiosidad por ver cómo detenía su monarca aquellas bolas incandescentes antes de que llegasen a destruir sus hogares.

Salomón era fuerte, rígido, un alma potente. Sudaba.

Su brazo era pura fibra, músculo y tensión. No le temblaría. Su cuerpo no le traicionaba. No sus músculos, ni su carne.

En sus ojos oscuros, casi negros, como corteza de pino quemado, era donde, como todos los que le habían mirado desde la cercanía suficiente sabían, se alumbró la clavícula de Salomón el día de su nacimiento, cuando le fueron conferidos sus poderes sobre la magia del mar, la tierra, el aire, el fuego y todo lo relacionado con ellos.

El báculo admitía a la vista varias formas. Para algunos era una serpiente enroscada sobre un madero. La serpiente primigenia, dominada por Salomón. Otros veían una pata de dragón, delgada y musculosa. El último dragón de la época antigua, de la anterior generación humana. La prueba de que su rey había recorrido todas las épocas el día primero de su vida. Otros en cambio solo veían una humilde vara de muérdago concentrado. El fruto verdadero extraído de los árboles de rama dorada.

La vara podía enfrentar personas, grupos de ellas, civilizaciones. Pero su dueño era sabio, no abusaba de su poder. Lo utilizaba de modo comedido.

Encarados a ella, los mayores reyes y guerreros habían caído.

¿Qué eran unas pequeñas piedras, unas pepitas de azúcar negro caído del cielo, para él?

Su pueblo, sintiendo el calor que producían en la ciudad los cuerpos ardientes que se aproximaban, empezaron a corear vítores. La magia de su rey, asomado a su torre del monte Sión, empezaba a hacer efecto.

Y de pronto alguien cayó al suelo, asfixiado.

En pocos segundos, el mayor poder fue derrotado. La creencia se deshizo. Unas mínimas miradas de aquellas gentes, dirigidas hacia el báculo de su rey, príncipe, pasado, futuro, les alumbraron con la conciencia abrasadora de su incapacidad para controlar el fenómeno que se cernía sobre ellos.

Las rocas negras, a una velocidad increíble, atronaron el gran templo en el que se sustentaba la ostentosa arquitectura de Salomón. La de su reinado y su alma, su credibilidad y su valentía.

Salomón, con el brazo aún rígido y mirada impertérrita, observaba el desastre.

Como pequeñas piezas de material endeble, los muros del templo se derrumbaron. Las torres se cayeron, los gritos cubrieron la explanada. Miles de personas corrían extramuros agitándose convulsivamente, buscando la salvación.

Salomón lloró. Se arranco la esmeralda, la clavícula, la preciada gema del poder, y extendiendo su mano, la dejó caer desde la balconada de la torre de Sión después de decir:

«Naturaleza, nunca supe. No me conoces, no sabes. Nadie sabe de ti más allá de los límites de lo que en ti pasa. Pero no nos rendiremos. Otros como yo llegarán. No somos creados, somos creadores. Vendrán religiones de rango absoluto. Yo estaré muerto. Pero habrá leyenda, quedará mito, quedará conocimiento y posibilidad. Coge la gema, atrápame.»

Hubo un escriba, dicen, que copió estas palabras, pues estaba asomado al balcón en el momento en que Salomón las dijo. Dicen, también, que están escritas para perdurar eternamente en una masa de piedra fina, negra, parte de las piedras que destruyeron el templo, el orgullo de su creador. Esa piedra está enterrada bajo el único muro que quedó en pie tras la catástrofe.

El muro de los lamentos.

El lugar donde Salomón ruge a cada ínfima parte del tiempo desperdiciado por la humanidad en lamentarse. Su alma mantiene la pared en pie, pues pretende que algún día todos los que se lamentan a dirario romperán con la creencia y la convertirán en conocimiento.

Entonces, la clavícula será parte de todos. La fuerza de la creación, el desprecio por los laxos complejos de culpa que, más intensamente que cualquier fenómeno natural, azotan el mundo.

Cuando terminé de relatarme la historia, miré la bolsita de azúcar con las letras Salomón. Estaba rota por una esquina. De su interior había salido un pequeño montón de cristales de azúcar. Era azúcar moreno.

Aún no me había situado, pero la historia que me había contado me hizo pensar en lugares en los que había estado. Tierras preciosas del mundo.

¿Y cómo describir esa sensación que sentía cuando viajaba?

Encontraría las palabras para expresarla: así saldría de mi atolondramiento espacial.

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