Un hombrecito austrohúngaro

Werner Hartenkopfmann nació en Viena en 1832. Su padre, Joseph, era médico (judío) y su madre, Antonia, provenía de una rama despistada de los Rothschild. Werner fue el tercero de seis hermanos, que en conjunto llegaron a reunir treinta y siete títulos universitarios, ocho tesis doctorales, cuatro libros de poemas, cincuenta y dos cuadros, veinticinco negocios fracasados, siete bancos con sucursal en ultramar, amén de nueve diagnósticos de histeria y un panfleto antisemita. Algún día hablaré de la historia de la saga Hartenkopfmann, pero hoy me gustaría ocuparme del lúcido y arisco Werner.

Fue un niño preguntón hasta que su madre decidió culparle de sus frecuentes jaquecas. Werner, ofendido, calló desde entonces, abriendo la boca sólo para quejarse de la comida o de la necedad de sus parientes y congéneres. Podría decirse que Europa ganó un escritor, si bien Antonia no vio aliviadas sus jaquecas. Werner llenó cuadernos y cuadernos con reflexiones de la más variada índole y dibujos pornográficos desde los seis años hasta el día de su muerte. Política, arte, religión, metafísica, química, zoología: todo interesaba al joven Werner, y hubiera podido ser una gran figura en cualquiera de estos campos. Después de un brillante bachillerato, empezó a estudiar Leyes por deseo de su padre. Sin embargo, se doctoraría con la máxima calificación en Filosofía con una tesis titulada Sobre la creciente influencia de los escritos de juventud de Immanuel Kant en la formación del adolescente alemán, que llamó la atención del ilustre profesor Brentano.

A partir de entonces, Werner dirigirá sus investigaciones hacia la psicología. Es en este ámbito donde realizará sus descubrimientos más representativos y sus trabajos más fructíferos. El doctor Hartenkopfmann estudió la compleja psique de la vienesa burguesa y la aún más compleja psique de sus acaudalados padres. Tras treinta años de trato directo con los pacientes, Werner Hartenkopfmann se retiró a los Alpes para escribir el libro por el que sería recordado. Me refiero, por supuesto, a El hombre par y el hombre impar.

En este libro, Hartenkopfmann formula su conocida teoría sobre los dos rasgos básicos de la personalidad del ser humano. Lo par y lo impar se contraponen, y según el predominio de uno u otro se configurarán las características de nuestra personalidad. Lo par es más propio del hombre y lo impar de la mujer. Del mismo modo, lo cuadrado es par, e impar lo circular; cálido, lo par, frío, lo impar (recordemos el gélido temperamento de la vienesa de la época). La razón es par, la pasión es impar. La leche, por ejemplo, supuso un problema; nadie duda de su carácter femenino, pero color y textura le otorgan un eminente carácter par. Werner solucionó brillantemente la cuestión al señalar que la leche procede de lo impar aunque su naturaleza sea par. Las propiedades nutritivas de la leche provienen de la parte fuerte y consistente de la mujer, es decir, su parte par.

Werner Hartenkopfmann elaboró un tratado acerca de los problemas de la madre par, numerosos estudios sobre las obsesiones de los hombres impares (delicados y proclives a escoger pañuelos de colores vivos, además de dotados de excepcional sentido del humor) y aconsejó a un joven Sigmund Freud, quien nunca reconoció la importancia del trabajo de Hartenkopfmann y su valor en el descubrimiento del inconsciente. Como le dijo al propio Freud, un verdadero hombre par sabe lo que de impar hay en él, y el gran secreto es descubrir que la par valentía viril esconde dentro una sinpar capacidad para mentir propia de la más femenina de las damas. “Y si crees que eres el primero en querer acostarse con su madre”, remachó el admirable Werner Hartenkopfmann, “es que eres menos listo de lo que parece”.

(N. de la autora: Las obras de Werner Hartenkopfmann fueron traducidas al español y editadas en Losada (Buenos Aires) entre 1962 y 1967. Actualmente se hallan descatalogadas.)

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