Un grito

El bar estaba ya cerrado.

La oscura profundidad de la noche atraía al silencio, en la calle y en el local.

Refugio de un pedazo del gran oscuro que la ausencia de luz formaba, el bar añadía mobiliario en forma de sillas, mesas, y relieves suaves y repetitivos en los estantes en los que había botellas. Así, se distinguía el adentro del afuera.

Clausurada la acción y el movimiento que de día llenaba los espacios de aquel lugar, todos se habían ido a sus casas, lugares cerrados, otros adentros, distintos a los de aquel lugar por ser hogares: sitios donde reposar y ejercer otro tipo de actividades diferentes a las que se podían llevar a cabo dentro del bar.

Permanecía solo el silencio, extendido, dominante. Y alguien.

Un grito. De pronto. Un chillido sorpresivo, contundente.

Grité. Gritó.

Desgarro. Instantáneo.

Y en mí, paralelamente, reflexión. Y en él, paralelamente, reflexión.

Retrocediendo al espacio pasado de silencio y avanzando desde él a trompicones con fragmentos sordos del grito de estertor que acababa de ser, me zambullí en su sonido.

Pálpitos y durezas, callosidades de la tranquilidad, de la calma somera que llevaba la noche prendida en su manto opaco.

Un grito. Y la imposibilidad de comunicarlo por escrito. La sensación que nunca llegará a un lector, la del lugar de un grito.

Y la escuché chillar a ella, a él, a mí.

Me asuste de mí. Se asustó de mí. Me asusté de él. Se asustó de él.

Me asuste, en primer lugar, por lo repentino. En una tienda, tirado, pantallas de humo anaranjado por el resplandor de las llamas que había cerca. Quesos sobre mesas de madera, y un hombre agazapado, con las manos sobre la nuca, en una esquina, temblando. Voces alzándose en la calle pronunciando la palabra “Hotel” y seguidamente, el grito.

En una situación de silencio completo, en una de ruido constante, en una en que el silencio sea atravesado periódicamente por voces, y también en una en que los gritos emocionados envuelvan el ambiente, sigue existiendo el lugar reservado para el grito repentino, duro, profundo.

Un vendaval contenido y lanzado de voz salida de una garganta humana, de voz usualmente empleada para vocalizar un lenguaje con diferentes tonos. Un aparecido, una sombra que se eleva de pronto de la voz clara de la comunicación o de lo constante, de lo normal o previsible, y se exacerba para romper las cuerdas tensas de los límites.

Un sonido simple, salvaje, en el que se pierde casi la posibilidad de distinguir de qué ser sale. Exhalado con toda la fuerza de los pulmones puesta en él, agolpando la brutalidad y la dureza de lo inesperado.

Y ahí, así, apareció el grito en esa escena. No sabía dónde situarlo, no me importaba tampoco hacerlo. No lo asignaba a nadie ni a nada. Estaba. Fue un susto repentino, como un apelmazar las barreras de los miedos mínimos y contenidos, esas barreras creadas con todo el cuidado por los años y el discurrir. Juntarlas y cortarlas como si fuesen una cinta de celo, con ligereza.

Y que el grito, y la potencia del pavor que produce ese chillido, acumulen los miedos, el que se tiene a lo desconocido en los que están más cerca o más lejos de él.

El lugar de un grito así siempre está abierto, siempre disponible para él, es el monarca primero que da la entrada a los pequeños y grandes miedos, con un golpe rápido.

Elevado a los sentidos, se percibe con el oído, y si se fija la vista en el lugar de donde sale, sin escucharlo, también llega el pavor. Si se toca a quién lo expulsa, igual llega el temblor.

Si se lee sobre ello, no se encuentra nunca. Ni el dónde, ni el cómo, ni el por qué. La descripción es el único paradero que nos resguarda de sus consecuencias. Solo una descripción que absorbe y que, palpitante, te hace esperar el grito, sin ponerlo en sí.

Detrás de ti.

Encima.

Lejos, pero a tu lado.

En el silencio esa noche de bar cerrado separado del afuera me golpeó con su fuerza el recuerdo, transformado en hecho, y vuelto a la vida.

Grité y me perturbé. Gritó y se perturbó.

Alcancé a despertar cuando las lenguas de fuego que rodeaban mi recuerdo me tomaban la palabra en el grito que, como todos los estupendos cacareos de vuelta de la normalidad y la consciencia que abren el blanco de los pensamientos y aumentan las pulsaciones se reproducen.

Yo seguía gritando. Él seguía gritando.

Permanecía en el suelo, cerca de la barra del bar, junto a una banqueta, un ratón pequeño con los pelos de todo el cuerpo erizados, y el rabo rígido en un rictus nervioso, estampado sobre la oscuridad tranquila del local.

Temblaba como una pequeña roca sometida a una superficie por la que se transmitiesen las vibraciones de un terremoto. El sonido seguía sin comparecer en la apagada calma de la noche. Pero algo la perturbaba para él. En él.

Los límites me habían asustado. Era como si yo fuese todos, y todos fuesen yo. Me vibraba la piel como si se fuese a romper.

Como si yo fuese a ser él. Como si él fuese a ser yo.

Y también aquella mujer. En su recuerdo, cuando la intensidad repentina del grito descendió hasta poder comprenderse como un sonido humano, alcanzable, aprehensible sin pánico, distinguió el timbre de voz de una chica joven que chillaba asustada.

¿Él era ella también?¿ Era él solo él?¿O también era yo?

Me despedí del sueño moviendo la cola y corriendo hasta la base de la siguiente banqueta, moviendo mis pequeños ojos negros rápidamente para alcanzar a rememorar dónde estaba.

Me costaba mucho hacerlo. Le costaba mucho hacerlo.

Contempló los fragmentos de mundo que la penumbra le permitía.

Y pensó que había viajado. Sentía que la carga de la costumbre diaria, la de la visión de lo típico y asumido, desaparecía, se difuminaba. Estaba alerta, abierto a los nuevos descubrimientos, planteándose lo que suponía el cambio de posición, de lugar, las consecuencias de los viajes.

¿Dónde estaba ahora mismo?

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