La locura, el escritor y el filósofo

«Me van a pisar, me van a aplastar…¡pero si es más grande que ellos!»

Me desperté imaginando la secuencia de acción que me traían esas palabras medio sumergidas en la laguna del sueño, poseído de una sensación de miedo y de valentía a la vez. Como si fuego negro inflamase mi pecho.

Sentado al borde del sillón, despeinado y con la ropa revuelta, pensó que no sería raro que aquella noche hubiera estado soñando que era San Jorge en su matanza del dragón, repartiendo mandobles con una espada inexistente en un acto sonámbulo, pues los cojines estaban esparcidos por toda la sala que le servía a la vez de cocina y salón, separados por una puerta corredera que estaba permanentemente abierta.

«He’s the mouse who killed the dragon. I’m the mouse who killed the dragon», retumbaba en su cabeza.

Odiaba dormir mal y despertar mecido por rachas de fragmentos de frases de sus sueños, a cada cual más rara.

Había amanecido hacía rato. El reloj de su teléfono móvil indicaba que eran las 10:00. Era día festivo, así que no tenía que preocuparse demasiado de la hora. Tan solo tenía una cosa que hacer aquel día: ver a su amigo filósofo. Habían quedado en encontrarse en el bar al que solía ir él casi todos los días que quedaba con alguien, el mismo en el que había quedado hacía unos días con un amigo, el mismo día en que empezó a sentirse sumamente extraño por momentos.

Me preocupaba bastante ese descontrol inesperado que había nacido aquel día por la tarde, cuando por la noche volví a casa de alguna manera que no se me destacaba en la memoria, después de ir a la rue Mouffetard. Eso era lo último que recordaba con claridad. Estaba comprando quesos, y el vendedor me ofreció un vaso de leche.

Me bebí un vaso de leche. Se bebió un vaso de leche.

Fresca. Fresca.

Y sincerándome, si intento concretar qué es lo que pasó después, tengo miedo de mi mismo, pues lo que se me pasa por la cabeza es que corrí a cuatro patas, muy rápido, ágilmente, y que manejé un artilugio rodante muy raro. Nada de eso podía ser real.

Mientras interrogaba con cautela a sus recuerdos, se levantó del sillón, fue a su habitación, se puso ropa limpia, volvió a la cocina, se lavó la cara en el fregadero, y se acercó a la alacena para beberse un vaso de leche antes de salir de casa.

Contempló con mirada temblorosa la negación de su propósito en los recipientes vacíos. Contemplé con mirada temblorosa la negación de mi propósito en los recipientes vacíos.

No quedaba ni un poco de leche.

Lo que más me apetecía por las mañanas era un buen vaso de leche fresca. Sobre todo en los últimos días, ese ritual matutino se había convertido en algo con carácter casi sagrado.

En su fuero interno algo se desgarraba con anímica sonoridad por la falta del blanco fluido. Tomando conciencia de ello, se asustó de las manías que estaba desarrollando, y cogiendo el abrigo del sillón con un golpe de mano, salió de casa casi a la carrera para intentar despejar lo que tomaba por una locura incipiente.

Bebería leche en el bar, cuando estuviese con su amigo. Bebería leche en el bar, cuando estuviese con mi amigo.

Su forma de andar recorriendo las calles de la ciudad por las mañanas, cuando aún un poso adormilado de la noche quedaba en él, era parecido al de un ratón recorriendo un laberinto. Iba rápido y sin mirar demasiado al frente, dejándose llevar por su intuición. Cuando intuía un obstáculo o un error en la ruta, levantaba la cabeza y se erguía, mirando hacia todos lados para luego reanudar la marcha.

Atravesando parte de la ciudad llegué hasta el bar, situado en la zona de Oberkampf. Había poca gente dentro. Mi amigo ya estaba allí, de pie al lado de la barra, con una taza de café entre sus manos. Llevaba un gorro de lluvia negro y una gabardina hasta los pies del mismo color. Era un tipo con estilo.

Se saludaron con un abrazo, y después de una andanada de pequeñas conversaciones surgidas de las preguntas típicas que se hacen dos personas que llevan mucho tiempo sin verse, se sentaron en dos taburetes. El filósofo apuraba ya su primera taza de café. Pidió otra.

Acepté su invitación a un vaso de leche. Aceptó su invitación a un vaso de leche.

Cuando nos sirvieron las bebidas, acompañadas de dos croissants, aunque teníamos hambre y sed, la conversación ya nos había absorbido, y pasábamos de un tema a otro con gran celeridad.

Se detuvo unos segundos y mirando fijamente a su amigo decidió confesarle sus miedos.
No sabía cómo empezar, así que expulsó una frase impactante para que su amigo entrase directamente en situación.

«Tengo miedo a la locura.»

Mi amigo me miro fríamente, sus labios se pusieron rígidos. Conocía esa expresión de haberla visto en él otras veces. Antecedía al comienzo de sus preguntas interiores, acompañadas estas de miles de posibles respuestas. Probablemente en los segundos que habían pasado desde que me había oído ya estaría barajando muchas posibilidades explicativas que buscasen el origen de mi enunciación.
Por tanto, era mejor explicarle el por qué de ello y no hacerle pensar en balde.

«Desde hace unos días viene pareciéndome que estoy empezando a perder la cordura, como si de vez en cuando se empañase la facultad de controlar mis propios actos. Debes saber que siempre le he tenido miedo a la aparición, súbita o progresiva, de la locura. A todo tipo de locura que me lleve a difuminarme a mí mismo y perder la conciencia de lo que hago, pero especialmente, a la locura consistente en actuar por arrebatos. Esa forma de pérdida del control en que se reacciona casi espasmódicamente ante algún estímulo, repentinamente y sin mesura alguna. La reacción con rabia, la que somete a los que hay alrededor a la furia ciega y quizás violenta de uno mismo como consecuencia de lo más mínimo.
Y no es que pretenda controlar todo lo que sucede en mi vida y me atemorice que haya cabos sueltos, no. Ya sabes que precisamente eso es algo que aprecio mucho y considero necesario. Escribo historias, me encanta el misterio y la curiosidad que producen las tramas sin resolver, los finales inesperados. No, no es eso. Creo que te haces una idea de a lo que me refiero exactamente, ¿no?»

Su amigo seguía contemplativo, y tardó un rato en contestarle. Cuando apareció su voz, algo ronca por el silencio extremo en que había estado sumido desde hacía rato, dijo:

«No sé si te he entendido del todo, pero creo que, si me estás contando esto, es porque crees que puedo ayudarte a aclarar tus pensamientos.
La situación a la que le tienes miedo es, ciertamente, algo horrible que no le deseo a nadie. Pero saliendo de ello, me parece más necesario cercar las razones del surgimiento de tu miedo.
Personalmente, yo también he pasado una época de miedo, aunque yo no lo tenía por miedo a la locura, sino por miedo a la disolución de mi personalidad. Pero realmente, para lo que te quiero decir, es lo mismo.
Creo que todos esos miedos a situaciones que aún no se han dado surgen de la creencia en la imposibilidad de conseguir los propósitos, del temor a perder la prosperidad. Cuando surge ese temor, uno se frena, retrocede incluso, y se detiene en el recorrer las líneas hacia sus objetivos, porque se niega la posibilidad de lograrlos. Según me parece, junto a este miedo a la falta de prosperidad, en algunos casos, surge el miedo a la locura. La persona intuye un descontrol en sí mismo, un frenazo, una parada en su evolución y se plantea qué puede estar pasando. De ese modo, atribuye a un principio de locura su situación. Y en ese miedo a la locura se vuelcan los temores que se tienen hacia las cosas que menos se soportan, que menos se aguantan. Es como si ese miedo fuese un caldero y en él se mezclasen las peores formas de ser en las que la persona piensa que podría llegar a caer, precisa y justamente las que están en el polo opuesto de lo que se pretende ser o se es. Y así, por ello, se tiene miedo a volverse loco. Y este miedo puede llevar a que surja tal locura, aunque ésta no exista todavía como tal. Una locura no como causa de una fisiología precisa, algo genético, sino algo autoimpuesto, personal y dentro de los límites de lo creado por uno mismo. Y tú tienes mucho miedo a hacerle daño al resto de gente por perder el control y dejarte guiar por arrebatos e instintos ciegos, ¿no es así? Por alguna razón, has empezado a creer que te falta prosperidad.
Creo que la mejor manera de salir de eso es plantearse una disciplina de búsqueda de la propia prosperidad. Crearla hasta en las más pequeñas cosas, empezando por cualquiera que se te dé bien y te guste hacer. Lo que no hay que hacer es afianzarse en la idea de la imposibilidad de avanzar. Si realmente no se puede avanzar en algo, aunque sea mínimo, es porque la vida ha llegado a su fin. Mientras haya vida, habrá prosperidad.»

Me quedé pensativo, agarrando el vaso de leche, del que todavía no había bebido ni un sorbo, y decidí contestarle cautamente, para no herir el pequeño orgullo que seguramente tendría por creer haber logrado resolver el conflicto expuesto.

«Aunque estoy completamente de acuerdo en el desarrollo de lo que me acabas de decir, para una situación tal como la que te he explicado, creo que lo he hecho de manera escueta y sesgada, y no has tenido suficientes datos sobre lo que siento y padezco como para extraer una conclusión acertada. No creo haber perdido la prosperidad, ni que vaya a perderla. Tampoco estoy parado en mis propósitos, ni tengo miedo al avance. Estoy oscuro, sumido en la confusión, y aunque con todas mis fuerzas intento empujar a mi mente para que arranque y me muestre qué es lo que me pasa estos días, por qué no me acuerdo de ciertas cosas, no lo consigo. Por eso digo que tengo miedo a la locura. Porque, eso sí, lo que más temo es convertirme en un individuo arrebatado y que actúa inconsecuentemente. Como hay agujeros en mi memoria, pienso que en esos huecos en los que no recuerdo nada, de los que pueden crearse más, momentos en el tiempo en los que pierda la conciencia de mis actos, puedo ser esa persona desequilibrada y rabiosa que ataca con furia. Precisamente porque es lo opuesto a lo que soy o lo que quiero ser. Pero no pienso dejar de avanzar, ni dejar de indagar, mientras sigo mi curso día a día, en qué es lo que me pasa.

Para resumírtelo y que veas brillar el problema: es como si tuviese un ratón royéndome la memoria. Es más o menos lo que siento. Incluso lo he soñado. También he creído andar a cuatro patas y tener bigotes de ratón. He preferido apartar un poco estos delirios para no asustarme demasiado. Pero creo que debería buscar su origen.
Porque no me parece normal sentirme a veces como un animal pequeñito e instintivo que corre a cuatro patas en busca de queso. Entenderás que, con esta perspectiva, tenga miedo a estar empezando a volverme loco.»

Su amigo el filósofo le miraba con la boca abierta.

«La verdad es que es de lo más raro que me han contado nunca. No sé qué decirte”, susurró suavemente.

El chico del vaso de leche, removiendo un poco el tema hacia otros horizontes de la conversación, habló de nuevo.

«Hablando de locura: a veces, cuando me he encontrado o he vivido de cerca una experiencia con una persona sumida en la locura, precisamente la locura a la que me refería antes, la del furioso descontrol arrebatado, me planteo si no debería abandonar mis fines literarios y estudiar para llegar a ser psicólogo, o algún tipo de especialista que trabaje prácticamente, intentando solucionar los problemas de esa gente, y dejar aparte las fabulaciones e historias ficticias que se componen en literatura.»

El hombre del gorro de lluvia se desabrochó la gabardina, apoyó el brazo en la barra, y le contestó.

«No creas que estás muy alejado de lo que en ocasiones me he planteado yo también. Conociendo a ciertas personas que han alcanzado la cota del transcurrir entre unos límites de sosiego y normalidad, y la han traspasado para pasar al terreno de los desquiciados, llegando a ser personas desequilibradas que en muchos casos rozaban la locura y en otros cuantos la alcanzaban a manos llenas, me he planteado mi propio porvenir respecto a utilidad para el mundo.

Dentro del ámbito de la filosofía se suele excavar en las bases de las doctrinas, teorías, los planteamientos y las proposiciones para extenderlas sobre una mesa de disección y comprenderlas en cada una de sus partes, primero, y segundo, buscar su justificación, su validez o no validez, y reestructurar o analizar las cosas para intentar cambiarlas o tan solo aclararlas. Tal cosa se hace, entre otros, con el campo de la psicología, sobre el que se plantean dudas y se examinan fundamentos, o caminos que recorre o puede recorrer, sus procedimientos, su origen, el campo de objetos al que se aplica. Y claro, todo esto se plantea desde el punto de vista teórico, discurriendo y tratando tales asuntos sobre recreaciones, representaciones de esos procesos o situaciones, para trabajar con ellas. En ningún caso se lleva al terreno práctico, pues de eso se encargan los que se dedican a la psicología en sí como profesión, estudio, aplicación. Cuando me encuentro ante una persona de las que comento, me planteo si debería dejar la filosofía y pasarme al trabajo de campo, donde, aunque puedan surgir dudas sobre si el proceso llevado a cabo sobre alguien es o no correcto según qué fundamentos o qué procedimientos, es cierto que hay muchos que, asociados a unas maneras u otras de describirlos, funcionan en gran parte de los casos. Pienso en abandonar el cuestionamiento y la búsqueda de los fundamentos o la investigación teórica y servir de manera más directamente útil en la sociedad, ayudando a resolver los conflictos centrados en el tipo de gente que necesita tratamientos psicológicos de determinado tipo. Concretamente, las personas que llegan a la locura. Pero cuando pienso un rato sobre ello, reformo mi propósito al acordarme de la utilidad que puede tener la filosofía sobre algo mucho más extendido en las sociedades humanas actuales, y que una amiga suele llamar, con carácter general, ‘la estupidez humana’, que consiste en la inconmovible desgana, acomodación en la incultura y simpleza de pensamiento y actos en la gente que, pudiendo tener más o menos medios a su alcance para desarrollarse, utilizan lo mínimo para subsistir y dejarse llevar. No emplearse en ejercitar la mente y aportar trabajo no solo de manera útil, sino también realizadora, y quedarse en lo básico de los conocimientos y las vivencias, sin buscar salir de ello. Quedarse sobre el mundo como una piedra, inmóvil.

Incluso con la más mínima disposición de medios, se puede avanzar, madurar, desarrollarse. Y la tendencia actual es quedarse quieto, aceptar lo que venga y dejar pasar la vida.

Los estúpidos ni siquiera tienen el afán de querer serlo a propósito, pues eso serían personas crueles y frías, que se conocen bien o, dentro de lo que se conocen, que pretenden aprovecharse de la situación de inmovilidad general para encontrar los caminos más cómodos en los que vivir. La comodidad no es el fin primero de la vida, a mi parecer. Antes, en cualquier escala de valores, debería estar la ayuda al desarrollo del mundo.

Con esta cantidad de estupidez esparcida por el mundo, el trabajo que le conviene a la filosofía en el ámbito social es el de servir como lima de la gran roca fragmentada de la estupidez. Y a los filósofos, dentro de lo que cada uno poseemos de capacidad y conocimiento, encargarnos de encauzar las mentes de aquellos que estén a nuestro alcance, no para condicionarlos según ideologías o ideas particulares, sino para conseguir la evolución personal de los individuos en las sociedades, y que así avancen éstas.

Así, del mismo modo que la filosofía puede ayudar directamente interviniendo en la educación de la gente, también puede ser útil en el plano social mediante la investigación y examen de los propósitos, las vías, los fundamentos y los objetos psicológicos, para que esa disciplina se pueda permitir un avance, y una posterior aplicación en la solución de casos de locura, de los que hablábamos antes.

Y pienso que la literatura, aunque no del mismo modo, por supuesto, también ayuda a generar cambios y desarrollos sociales cuando se pretende tal cosa. Si la gente lee, y los autores que escriben tienen la pretensión de inculcar sabiduría, o al menos hacer pensar a la gente y que se planteen dudas y fines por los que moverse e ir cambiando el mundo, será de utilidad. Especialmente en ese mismo propósito de borrar parte de la estupidez. »

Nos quedamos en silencio cuando terminó de hablar, mirándonos, y al rato le dije:

«Siempre consigues convencerme o que me reafirme en mis argumentos. Estoy completamente de acuerdo con que es necesario ir recortando la estupidez que actualmente se extiende masivamente por las sociedades.

¡Qué tarde se ha hecho, está anocheciendo!»

Nuestros ojos recorrían los matices de la luz que decaía a través de la cristalera del bar. Observamos cómo los límites de las formas de la ciudad se desdibujaban, como si en los siguientes minutos la ciudad fuese a convertirse en algo distinto y se estuviese recogiendo primero en una masa negra y fundida.

La leche se había quedado fría y aún no la había probado.

Moví la mano para llevarme el vaso a la boca. Movió la mano para llevarse el vaso a la boca.

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