Amor ratón con leche

Describiéndola a la velocidad de un líquido derramándose, la escena se componía de un hombre con gabardina y gorro negros sentado en un taburete de la barra de un bar en Oberkampf, y un chico joven en el taburete de al lado.

El chico se estaba llevando un vaso de leche a los labios cuando una frase desde la boca de su acompañante cortó el silencio como una saeta.

«Me ha llegado la noticia de que has conocido a una chica, y que esta vez de verdad quieres conocerla. ¿Así que te has enamorado?»

Atravesado por el flechazo de la frase y el impacto del recuerdo de un principio de conversación casi similar la última vez que quedé con un amigo en este bar para tomar algo, mi mano se movió impulsivamente y solté el vaso antes de haber llegado a beber de él. Cayó al suelo con gran estrépito. Un ruido chillón pero musical de cristales rotos paralizo las conversaciones del bar, y todo el mundo me miró.

«Otro vaso de leche para mi amigo, camarero. Siento el estropicio, pero ya se sabe…¡l’amour!», dijo su amigo el filósofo mientras se quitaba con una reverencia el gorro de lluvia y le sonreía sardónicamente.

Me puse nervioso y mis mejillas enrojecieron. Se puso nervioso y sus mejillas enrojecieron.

Cuando le sirvieron el nuevo vaso de leche, no lo tocó. Lo dejó, cauteloso, en el mismo sitio en que lo había depositado el camarero, y contestó a su amigo. Lo hizo de la manera más poética posible, para evitar interrupciones y preguntas que, seguramente, habrían hecho aumentar su rubor.

«Si, he conocido a alguien.

Por ella haría mundos de arena, no por su inconsistencia y por la rápida corrupción de las formas que crease en ellos, que se difuminarían y borrarían con la brisa suave, y me permitirían escapar con facilidad de la responsabilidad de haberle hecho sentir ciertas cosas hacia mí.

No por esa facilidad con que la arena se esparce con el viento, o al menos, no porque esa fragilidad me posibilitase hacer lo que yo quisiera sin importarme las consecuencias.

Más bien lo haría porque esa misma mutabilidad continua que otorga el trabajar con algo como la arena me ofrecería la posibilidad de mostrarle algo nuevo a cada momento, alguna sorpresa o sentido nuevo de las infinitas facetas de lo que siento hacia ella.

Dividir mis ideas e introducirlas en infinitos granos de arena, siempre sabiendo donde está cada uno, y así tener miles de puntos pequeños con los que trazar belleza que llene sus sentidos y su corazón.

Esos granos de mineral rígido, que, conteniendo mis proyectos, aunque fuesen minúsculos y casi imperceptibles, se podrían combinar de tantas maneras que nunca se acabasen las formas de enlazarlos.

Del mismo modo que esa arena, serían mis palabras al escribir historias para ella.

Exponer las frases al orden de la arena, infinita en los estados de relación de sus granos.

Esa es la manera en que me dejaría llevar por lo que siento hacia ella.»

Recolocándose el gorro, y abrochándose la gabardina, el filósofo me dijo con voz grave, impostada:

«Te has hundido hasta las cejas en el champagne del amor.»

Me reí de su ocurrencia cursi. Estaba echando mano del vaso de leche cuando un ruido tremendo de metal doblado y cristales rotos se escuchó en la calle. Todos miramos hacia fuera.

«¡¡Mi coche!! ¡¿pero cómo se puede ser tan salvaje?!», gritó mi amigo mientras se echaba las manos a la cabeza.

Un camión enorme había intentado aparcar delante de su coche y, al dar marcha atrás, lo había machacado casi por completo, espachurrándolo como si fuese una lata de cerveza vacía entre las manos de un culturista.

El filósofo de gabardina negra salió corriendo del bar, seguido por una troupe de todos los que estaban tomando algo en el bar, que no querían perderse el evento.

Tenía el vaso en la mano, en suspenso ante mi boca, con el líquido blanco a punto de derramarse. Intentando no cometer el mismo fallo que con el vaso anterior, decidí quedarme dentro del bar. El camarero y dueño del local, que ya me conocía, me pidió que me quedase vigilando, que él salía a ver el espectáculo.

Él, con su vaso de leche, aguardaba inmóvil. Yo, con mi vaso de leche, aguardaba inmóvil.

Y cuando todos se hubieron ido, mojé mis labios en leche, fresca, y bebí. Y cuando todos se hubieron ido, mojó sus labios en leche, fresca, y bebió.

Haces de luces, charcos de seda pálida blancuzca y pelitos grises.

Me siento enano. Se siente enano.

Remezcla de estruendos que de ser pequeños pasan a ser grandes sonidos. Orejas finas.

Descargas de pulsiones, instintos, olores.

Y el vaso en el suelo, hecho añicos.

Un ratón resbalando por un taburete manchado de leche, y cayendo al suelo, lleno de servilletas sucias y restos de comida apilados. Una pequeña mancha gris entre otras tantas.

Caer desde un taburete es un gran golpe para un pequeño ratón. Después de dar unos pasos hacia los restos de comida, se desplomó, dolorido, sobre su tripita suave y peluda.

En ese momento empezó a entrar la gente al bar.

No me encontraron. No le encontraron.

El dueño del bar, moviendo la cabeza de un lado a otro, buscándome, rompió la dulzura de su rostro con una expresión dura y una sonora reprimenda al aire cuando reparó en el vaso roto en el suelo.

«¡Se ha ido! Maldito jovenzuelo irresponsable. ¡Y encima es el segundo vaso que me rompe hoy! ¡No sé si no le romperé yo algo cuando aparezca la próxima vez por aquí!»

Cuando se hubo calmado, se dirigió al hombre al que habían destrozado el coche, que también se encontraba más tranquilo después de llamar a los del seguro, y le preguntó que si su amigo solía hacer cosas así de repentinas, porque en principio le había parecido una persona bastante tranquila.

«La verdad es que me extraña muchísimo que se haya ido así, que haya roto el vaso y encima se haya largado. Considero que tiene el suficiente sentido común como para no hacer algo así, pero es cierto que precisamente me ha estado hablando de que le daba miedo perder el control, por razones extrañas que no alcanzaba a explicarme del todo», le contestó el filósofo.

«Espero volver a verle, sigo creyendo que es buen chico», le respondió el camarero con un tono de camaradería entrañable que mostraba que realmente le tenía aprecio.

No sabían que él estaba allí. No sabían que yo estaba allí.

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