Ánimas abrazadas

Los despertares de noche profunda y fría suelen pesar en el ánimo. Aquellos que son involucrados en ese proceso de pérdida del sueño que rebasa la hora de las brujas y se adentra más allá, dejando a estas humildes trabajadoras de lo oscuro al nivel de terror que producen los ositos de goma apilados y dando paso a las sensaciones de depresión o inconsistencia de uno mismo suelen ser gente inquieta. Inquieta espiritualmente y también fisiológicamente. No siempre van juntas estas dos inquietudes, pero en la mayoría de los casos sí. El ser inquieto de ese modo está situado en el mismo nivel de acción, en el mismo tiempo y la misma posición de partida que el padecer insomnio, mucho o poco, o al menos tener el sueño ligero o agitado. Son, así, la inquietud y el insomnio/ligereza de sueño/agitación actuaciones recíprocas. Se retroalimentan.

Así era él. Así era yo.

Muchas noches hundidas en blanco manchado de pensamientos rojizos o negros. Muchas otras de rabiosa curiosidad imparable leyendo libros.

Aquella noche me desperté temblando de frío. La chaqueta se había caído al suelo al cambiar de posición en el sillón. Así que me enderecé y ya desvelado, busqué con una mano, a tientas, el libro que había dejado en el suelo, y con la otra encendí una pequeña luz auxiliar portátil que había en la mesa.

Decidió leer otro cuento para coger el sueño. La portada del libro era negra, con dibujos tribales azul marino fundidos con las letras góticas del título: Rápidas ensoñaciones místicas. Llevaba leyéndolo 2 semanas, despacio, un cuento cada vez que quería alcanzar el sueño. Le ayudaba a relajarse imaginándose las situaciones descritas. Aunque algunas veces fuesen escabrosas y oscuras y buscase dormirse precisamente por el cosquilleo pavoroso que le producían, otras eran sedosas y, aunque también apagadas y tendiendo al negro, tenían cierto humor.

Miró el índice: 6- Almas animadas.

El nombre, peculiar y juguetón con las palabras, le llamó la atención, así que buscó la página y comenzó a  leer.

ALMAS ANIMADAS

«Las personas anidan en determinados lugares y no quieren dejarlos jamás. Desde que el ser humano evolucionó y dejó atrás su instinto nómada, empezamos a encontrarnos señales de Él, guiándonos. La más importante de todas fue la que nos dejó, en forma de fuego abrasador, para revelarnos la capacidad de defender las tierras que, por ser nosotros sus hijos, nos pertenecían por derecho divino. Así, la tremenda fiera y el horrible tigre fueron espantados por el fuego que Dios nos dio a conocer a través de nuestra inteligencia, también volcada por Él en nosotros. Nos dedicamos a colonizar, nos hicimos con el mundo. Y el planeta es nuestro huerto. Después llegaron las organizaciones políticas complejas y con ellas, los nacionalismos. Esa es la verdadera forma de organización de un pueblo, hombres. Así Él nos lo ha enseñado, así es, por tanto. Y nada más allá de sus enseñanzas y dominios nos es propio. Deben seguir la doctrina del señor, fieles… ¿por qué grita?»

Una mujer, levantándose bruscamente, había chillado mientras señalaba hacia un punto detrás de las columnas que enmarcaban la nave de la iglesia.

El predicador, erguido en su púlpito, orgulloso del desarrollo de su misa de las ocho en aquel pequeño pueblecito de Francia, había detenido su arenga y miraba atento, esperando una explicación que no tardó en ser ofrecida.

«¡Dos fantasmas! ¡Dos fantasmas me insultaban en el idioma de Satán!», dijo la mujer.

«¿Fantasmas, aquí? ¡Es la casa del Señor! No puede ser. Él no permitiría su desagradable aparición ante todos nosotros, cálmese. Además, las almas de los fenecidos descansan en paz, yo mismo me he encargado de ello durante años en este pueblo…¿pero por qué no deja de gritar, mujer?», dijo el cura.

«¡Siguen aquí!! Mírelos…¡¡MÍRELOS!! ¡¡AAAAAAAH!!»

Unas espléndidas luces produjeron varios fogonazos rápidos en la zona hacia la que señalaba la mujer, en la oscuridad de la zona menos iluminada de la iglesia. Iban acompañados de unos chirridos espantosos que parecían, ciertamente, provenientes de otra dimensión, unas voces que exclamaban en el idioma más repulsivo del mundo.

Toda la iglesia se conmocionó cuando la iluminación eléctrica se apagó y la oscuridad sumió al lugar en un potaje de chirridos transdimensionales y gritos aterrados de los fieles.

Después de un rato, el lugar había quedado vacío, las puertas cerradas. Y justo entonces, los chirridos pararon.

«Javi, tío, deja ya las cadenitas y la piedra de afilar, que tengo el ectoplasma agitado», dijo una voz atiplada por algún tipo de fenómeno extraño de difusión del sonido por el aire.

«Es divertido, tíoo. Aunque sí, un poco molesto, de acuerdo», contestó otra voz con un timbre distinto, más forzado y con un acento peculiar.

Eran dos espíritus los que hablaban, la mujer estaba en lo cierto. Sus formas fantasmales merodeaban de un lado al otro de la iglesia, juntas, paseando. Arrastraban unas cadenas, pero no atadas a ellos: las llevaba uno de ellos en la mano desdibujada.

«Anda que no nos lo pasamos bien desde hace unos siglos, ¿eh? Viajando de aquí para allá con la velocidad del plasma, asustando a gente y sobre todo, reventando reuniones como esta. Vaya juerga, colega», dijo el primero.

«Sí, aunque la mitad del tiempo nuestros trabajos del submundo nos impidan vernos. Pero bueno, siempre nos queda reunirnos de vez en cuando», dijo el segundo.

Y los fantasmas se abrazaron.

Un niño miraba hacia dentro desde la puerta de la iglesia, y cuando lo vio, se volvió corriendo al camino, donde esperaban sus padres, y les dijo: «he visto a dos fantasmas abrazándose.»

La madre gritó un poquito, y le dijo al padre: «tendremos que llevarle más a la iglesia para que le enseñen que los fantasmas, en caso de existir, dan miedo, ¡¡que no se abrazan!! Nos ha salido un niño con una imaginación muy rara.»

El pequeño pueblecito, con sus lámparas de fijdon y sus retrotransmisores de Kupert expandidos por todo el casco urbano, seguía sumido desde hacía varios siglos en la brea de la tradición religiosa, inmóvil en su espíritu.

La historia había acabado con su acechante insomnio y le había puesto una sonrisa en la boca. Después de leer las últimas líneas, en las que ponía fuera del cuento «Dedicado a Javier Yañez» fue al sillón, se tapó de nuevo con la chaqueta, esta vez mejor, dejó el libro en la mesa y se quedó dormido instantáneamente.

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