Los muchachos del tragaluz

Abriendo el libro que había alcanzado de encima de su mesa de trabajo, después de reafirmarse en que necesitaba un buen afeitado, aquel que perpetraba el caos cuando la leche entraba en escena eligió un cuento al azar para conciliar el sueño.

LOS MUCHACHOS DEL TRAGALUZ

«Nada más llegar los vi: parecían deslizarse entre capas de paredes translúcidas. Eran pálidos, delgados, rotos; mirándolos más de diez segundos seguidos, los ojos devolvían una imagen cargada, inmerecida para cualquier observador. Desenfrenada por la visión de aquellas criaturas, la imaginación tornaba los muros y su dureza en una amenaza insoportable, acechante.
No se iban nunca; parecían ceñirse alrededor de la memoria.
Eran niños. Niños desgastados. Dolidos con el mundo, falsificados desde las sombras de la muerte para interpretar un papel de vida completa detrás de los muros revelados.
Ese fue el inicio de aquella sesión nocturna de investigación.
Siempre quise ser un hombre importante, ser algo más que aquellos que exclamaban por las calles irrespetuosas palabras sobre los nuevos Despojos que nunca habían visto. Los últimos años de desarrollo en La Realidad/La Fábrica habían sido fructíferos, decían. Fue por ello por lo que vine aquí. Quería comprobar los resultados de las últimas muestras, las últimas cajas insoportables del Vapor; se me vino el mundo encima.

Desde que Los Universales se dieron a conocer al mundo, cuando la Verdad arrasó los caminos y acható a la ciencia hasta comprimirla en una lámina de Generación, las oportunidades se expandieron para cada Individual: a cada uno de nosotros le fue permitido hablar de Absolutos y Creación. Podíamos Crear.
Alcanzamos la Ataraxia, alcanzamos el Nirvana: Alcanzamos. Llegamos allí sin más trabajo del pensamiento que el simple decir ‘yo’; llegamos donde deseamos. Podíamos Definir con Totalidad, Absoluto, la completitud. Pero…Exacto, decían. Me generaba dudas el Exacto, ‘y ahora se Empiezan a Terminar Los Finales, Los Principios’; llegó lo grotesco. Por eso vinimos aquí, a lo residual de este Nuevo Modo, a intentar entender los restos del Inexacto que quisimos alejar.

Daba miedo aquella reliquia del pasado. Sólo quedaban sus límites en el mundo, sin nadie que pudiese derribarlos y ponerlos en mayúsculas, una catedral de piedra, Vacía y Llena de Restos, de lo no virtuoso: Los Niños Que Se Escurren, Las Creaturas de la Iluminación. Sí, yo fui uno de los privilegiados a quien se condujo allí aquella noche.
No sé decir si tenían brazos o solo piernas. Sé que tenían ojos llorosos, desiguales, tajados. Lloraban mientras se desmaterializaban para tomar nueva forma después. Dolores, Agazapados, Los No Serenos. Nada Jamás, ninguna capacidad podía trascender aquella lágrima de la Creación. Alojé un momento de Pavor: ‘¡¿por qué se arrastra Aquél?! No, no viene hacia mí…’

Me di cuenta: la miseria seguía existiendo a pesar de ser todos Él.
Nos reunimos allí, alumbrados por la reliquia más antigua del mundo, el tragaluz del rosetón de aquel edificio, Notre-Dame de París. Formas revestidas de simbolismos que desaparecieron cuando llegaron las Palabras, esas que Colapsaban en Mí entonces. Las rasantes sombras de la Luminosidad que resguardaba aquel tragaluz redondo y Bello producían un espanto absurdo.
Me arrodillé tras el Todo, de espaldas a Él y Forjándome como el último Estudiante de la Naturaleza, opuesto al Universo que había tomado Su Mano, miré hacia la bella forma arcaica arrodillado entre todos los Muchachos del Tragaluz inquietos, titilantes. Renuncié a las Palabras con mi Voz:
‘Preciosa racionalidad incompleta, dulces sentimientos celosos, rabia contenida, pasión asesina, atravesad el círculo antiguo, flor colorida y desgastada por el Tiempo, llevadme de nuevo a los senderos. El Esplendor no es gloria: es llano. ¿Queréis mi futuro? Tomadlo, aquí.
Ya me topé con la Verdad; quise someterla al olvido y lo logré. ¿Y en su perfección cabe desaparecer de mi conocimiento?, me dije. Seguiré por los caminos, apilando imperfecciones, buscando principios, alejado de la Luz.
¿Queréis daros a mí? Yo a vosotros sí.
Revelación, memoria infinita, aléjate y déjame amar.’

Fui el Último de la Ciencia, el único que vio el Caos en que se sumía el mundo con todos sus vivientes mirando una Luz que siempre ha estado ahí; jamás ha querido nada. Sería el octavo de ellos, Muchachos del Tragaluz que tanto pavor producen a los Fervientes de la Luz.
Seguiré en Notre-Dame enseñándoos la indistinción, la difusa percepción, la oscuridad…»

El tono tembloroso de la voz dio paso al silencio. La silueta imprecisa se expandió por el alto muro. Aquellos que Creaban habían escuchado aterrados la historia de aquella pálida figura entre figuras rotas. Sólo uno aguantó la embestida de la Historia, brazos caídos, boca abierta, ojos cerrados. Los demás yacían sin vida, rígidos sobre el frío suelo de piedra más antigua que cualquier historia.

Alcanzado por el sueño y una profunda sensación de desasosiego que le había producido el cuento, dejó el libro en el suelo, se arropó con la chaqueta, y se quedó dormido en el sillón.


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