Atardecer humano (despertar II)

El atardecer se desmarcaba de las horas de luz ofreciendo raspones de color granate y naranja salvaje en la luz que entraba por la ventana.

Después de varias horas de sueño, cuando desperté por segunda vez aquel día, lo que más me apetecía era un vaso de leche. Me seducía rabiosamente la idea de ese jugoso líquido fresco corriendo por mi gaznate. ¿Y por qué no concederle a mi apetito tal manjar?

El reloj marcaba las 8. El ordenador pitó avisándole de que su amigo había subido al blog la Introducción. Creyó oír fuera de casa el ruido de unos pasos. Pensó que quizás había sido tan solo algún fruto cayendo de un árbol.

Accedí a darle a mi intenso deseo lo que pedía. Me serví un vaso de leche y me lo bebí con fruición.

Sentí algo. Sintió algo.

Ráfagas, roces, derrapes, descontrol, mesura cortada en rodajas y mezclada con átomos blancos.

De algún modo, llegué al suelo. De algún modo, llegó al suelo.

Instantes después se destacaron las siluetas de dos cabezas en la ventana. Dos figuras delgadas en movimiento estaban detrás. Los dos chicos que habían presenciado la entrada del ratón en la casa el día anterior habían quedado allí a las ocho para investigar. Tanto ellos como él estaban en el desconocimiento mutuo de sus presencias. Expectantes, asomaban la cabeza. Pero nada parecía haber allí de cariz sorprendente o inverosímil. El ratón estaba cerca de la pared, al lado de la alacena, oculto por las sombras del atardecer.

Los chicos, después de media hora de espera, decidieron que allí no había nada interesante que ver.

«-Vamos a buscar un garito por aquí cerca, quedarse aquí no tiene sentido.»

«-Totalmente de acuerdo.»

Y se fueron, rodeando la casa, hacia la zona de ocio de aquel barrio residencial. Encontraron en poco tiempo lo que buscaban. Un edificio grande y destartalado, probablemente una antigua nave industrial, con un enorme cartel en la fachada que anunciaba, con letras austeras, negras y blancas, el nombre ‘Le carcajou’. Había un montón de gente apiñada en las inmediaciones del local, escenas diversas, algunas divertidas, otras oscuras y crueles.

En el tiempo en que los chicos habían llegado a la discoteca, el ratón había salido de su casa por debajo de la puerta y después de correr desenfrenadamente de lado a lado del jardín, llegó a la acera, donde emprendió un viaje colosal con sus pequeñas patitas. Casualmente, tomó la misma senda que los chicos, rodeando la casa y al fin, aproximándose a las puertas del local.

Mi instinto me llevaba a huir de la multitud, pero algo que también pendía voluble en mi interior me arrimaba a las masas de gente para examinar la situación. Un espíritu reflexivo de análisis me movía a ello. Estuve a punto de ser pisado en dos ocasiones. Al fin me refugié en un agujero en la pared que parecía comunicar con el interior, pues una corriente de aire frío erizaba mis pelos.

Fuera de la discoteca había muchos grupos de gente, pero uno en especial le llamó la atención. Tenía forma de corro, y las voces de los que lo componían subían y bajaban al ritmo de los insultos que se gritaban. El corro se deshacía y se formaba otra vez, cruzándose las personas que en él estaban. De vez en cuando alguna se caía al suelo. Al poco tiempo de reparar en la peculiaridad de ese conjunto de personas, la gente que había alrededor empezó a reagruparse o a irse. Algunos se largaban corriendo, y otros se acercaban, emocionados, gritando: «¡Pelea!»

Cuando uno de los que había en el primer grupo habló, todos los demás, como si este fuese uno de los candidatos a animal más fuerte de la manada, se callaron. Algunos sujetaban de los brazos al que parecía su oponente directo, al que le dirigía las palabras.

«Has venido aquí sabiendo que a mí no me gusta que lo hagas, que este es mi territorio, que estas son mis chicas y mis chicos…te voy a reventar.»

Entonces soltaron al otro y empezaron una lucha encarnizada, dándose patadas en el pecho y puñetazos en la cara.

Cuando chorreaban sangre, los demás empezaron a preocuparse, y sujetaron al que primero había hablado para que no se confrontasen otra vez.

«Hijo de puta, voy a venir aquí todo lo que me dé la gana, y no me lo vas a impedir», dijo el otro.

Y un grupo de coreutas vociferaban detrás como si fuese su ídolo. Se conformaron dos bandos, y empezaron a golpearse con saña entre ellos. Llegado el momento, cuando parecía que estaban casi todos extenuados, se disolvieron los grupos y se fueron de allí. Quedaron algunos puntos de gente reunida.

Y me dio por pensar que no había animal más salvaje que el ser humano cuando perdía los papeles.

¿Y el por qué de toda esa lucha dura con sangre y rabia?

Parecía no haber más razón para ello que lo poco que se soportaban algunos individuos a sí mismos, de la falta de objetivos que tenían en su vida, que les llevaba a buscar una confrontación absurda entre unas tribus urbanas creadas con el simple fin de entretenerse.

Me llevó a pensar eso el observar que, tras la pelea, algunos de los que se quedaron parecían relajados, libres, anestesiados en sus expresiones, y no hacían más comentarios sobre lo que había sucedido que los que se podría hacer sobre cómo caía el agua cuando llovía.

«¿Has visto ese golpe que le he dado? ¡ha sido increíble! Bueno, ¿y qué tal la tarde?», decía una chica pasando de un tema a otro sin transición.

Aburrido de observar la irracionalidad en estado puro, paseó su cuerpecillo de ratón a lo largo del recorrido del agujero, y llegó al otro lado, mucho más estrecho, por el que le costó salir. Cuando lo consiguió se encontró en el interior del local, decorado de manera muy discreta, con pósters de un grupo que se llamaba ‘la mofette’  y con telas estampadas con rayas blancas y negras. Dentro el ambiente era más calmado, y la escena más llamativa era la de los dos chicos que hacía más o menos una hora se encontraban sondeando una casa en busca de lo desconocido. Ahora se habían olvidado de su supuestamente elevado objetivo, pues en realidad era un simple entretenimiento llano y sencillo para ellos, que les llenaba lo mismo que casi todo lo que hacían: poquísimo y con carácter fugaz.

Su conducta era peculiar. Se acercaban a algunos grupos de chicas, empezaban a hablar y por alguna virtud peculiar que debían poseer, estos grupos se disolvían para formarse de nuevo bien lejos de ellos. Después de varios intentos, se fueron a una esquina y se pusieron a hablar, con la mirada perdida al frente.

En ese preciso instante, el tacón de una bota pasó rasante a la cola del ratón. Varios taconazos más resonaron a su alrededor. Fueron sucedidos de un chillido agudo, y de un dedo acusador que le señalaba. Se levantó un gran revuelo. Los chicos despertaron de su adormecimiento y prestaron atención.

Corrí. Mis nervios y mis músculos en tensión hasta que alcancé, protegido por las sombras, una puerta abierta con una habitación iluminada detrás. Era el baño. No había nadie dentro. Había un vaso de tubo contra la pared.

Lo olisqueé. Lo olisqueó.

Alcohol…con algo…¿leche? ¿alcohol con leche? Quizás…

Volqué el vaso. Volcó el vaso.

Y se dejó bañar por el líquido, refugiado en la espectral luz débil de aquel baño al que llegaba amortiguado y difuminado el sonido de la música del local. Los acordes se mezclaban con un sonido de hipo y contrastes de colores reflejados en los azulejos.

Me encontré apoyado con las manos en la pared, mojado y oliendo a alcohol. Mi aspecto era bastante desaliñado, y por algún motivo, estaba al borde de la histeria. Tenía la sensación de que todo se disolvía, todo estaba nublado. Como si hubiese tomado una gran cantidad de alcohol.

Se cayó al suelo justo cuando uno de los chicos entró al baño para ver quién era el que había gritado esta vez. En la sala principal del local seguían buscando al ratón, que se había escapado entre las sombras.

El chico llamó a su amigo y ayudaron a levantarse al hombre. Parecía enterarse poco de lo que pasaba.

Le acompañaron fuera para que tomara el aire, llamaron a una ambulancia y se metieron otra vez dentro del local.

«-¡¿Te has fijado?! ¡¡ Es el hombre del bar, el del vaso de leche, esta vez estoy seguro!! ¡el mismo al que creí ver ayer cuando toda esa extraña nube se redujo a un simple ratón.»

«-La verdad es que es curioso que haya aparecido justo cuando estábamos buscando al ratón que había visto esa chica. ¡A lo mejor sabe hablar con los ratones!»

«-No digas tonterías. Pero quizás si que sea interesante seguirle a donde quiera que vaya ahora. Esa confusión que mostraba podía ser perfectamente fingida. Quizás oculta algún secreto sobre lo que ayer esperábamos, sobre el advenimiento de esos señores de lo desconocido.»

«-Creo que la borrachera era real, tío. Estaba tirado ridículamente en el suelo. ¡Pero sí, sigámosle!»

Recuperé la constancia de mi situación en una camilla. Me habían tenido que dar unas pastillas para reducir la cantidad de alcohol en sangre, un tratamiento que habían desarrollado hacía poco las industrias de productos farmaceúticos.

Los médicos que le atendieron en la ambulancia le dijeron que no se explicaban cómo había podido ingerir tal cantidad de alcohol en tan poco tiempo. Había alcohol supurando por sus poros.

Cuando se aseguraron de que podía moverse por sí mismo, le dejaron marcharse.

Caminé hacia casa. Caminó hacia casa.

Los chicos le seguían de lejos, usando el mobiliario urbano para esconderse en las zonas en las que la luz de las farolas podía desvelar sus siluetas.

Acompañando el movimiento de su mano de un resoplido fuerte, sacó la llave del bolsillo y se paró frente a su puerta, agotado de la tensión acumulada.

Tenía la cabeza hecha un jaleo. Necesitaba descansar.

Abrió la puerta y entró en su casa. Abrí la puerta y entré en mi casa.

Los dos chicos, que habían seguido sus pasos hasta la entrada, estaban refugiados tras el tronco de un árbol, susurrándose emocionados:

«-¡Vive aquí! ¿Ves? ¡tiene algo que ver con todo esto! ¡Con La Llegada!»

«-La verdad es que son una serie de coincidencias increíbles.»

«-Dime que dedicaremos todo nuestro tiempo libre a espiarle.»

«-¡Claro! Descubriremos los misteriosos secretos que esconde.»

Después de darme una ducha caliente, me senté en el sillón y encendí la televisión. Había sido una tarde dura y embrollada sobre la que no me apetecía pensar, así que dejé que la información del telediario cayese sobre mí como si fuese arroz desperdigándose desde un saco roto.

«L’INCIDENT D’HOTEL….FLAMMES…»

No le apetecía enterarse de nada horrible. Apagó la televisión.

Esta noche leería. Esta noche leeré.

Otra vez esos pasos. O frutos caídos. Algún día saldré a averiguar qué son.

Los chicos se alejaban de la casa después de haber echado un vistazo por la ventana.

Y él, con sus manos sobre un libro, se disponía a leer. Yo, con mis manos sobre un libro, me disponía a leer.

Me rasqué debajo de la nariz.

Qué rápido me había crecido el bigote…
Qué rápido le había crecido el bigote…

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