Amanecer roedor (despertar I)

El amanecer se hervía en el sonido de la radio de los vecinos, interpelando a la vigilia sobre su reclusión. Una pequeña ramita de melodía que sonaba…

…his hourglass body, he had problems with drinking milk…

y voilà el despertar.

El roce del cartón contra la madera producía un ruido áspero sobre la mesa mientras un diminuto hocico aparecía por el hueco abierto en una cajita de cerillas que hasta hacía un momento estaba completamente inmóvil. Una pequeña masa peluda saltó, ágil, desde el interior a la superficie desgastada del mueble. Por la ventana entraban, como cabellos dorados despilfarrados por toda la habitación, los rayos del Sol, algunos aún vergonzosos y con tintes rojizos.

Mis pequeños ojos tomaron el control de la situación. Nunca una mañana fue igual. Nunca la visión del rubor de ninguna dama alcanzó a producir en mí el vigor que aquellos rayos producían. Fui corriendo hasta el final de la mesa, indistinta mi forma para mí, una u otra podía ser, pues, al fin, yo era yo. Tuve que parar. Había mucha distancia al suelo.

Se decidió por descender por la pata de la mesa por la que había subido hasta allí. Su marcha, después de tomar otra mirada de luz naciente, se encaminó hacia donde su instinto, fuerte e intenso, le arrastraba. Comer. Alcanzó la base de la alacena de su cocina y ascendió impetuosamente por las marcas de las vetas de la madera del mueble hasta la zona donde siempre guardaba la leche. Leche fresca, distribuida en varias tazas. Olisqueó y bajó al primer cajón. Se metió por la cerradura. Tomó un pequeño mordisco de una galleta allí abandonada, y volvió a subir a donde estaba antes.

La leche, fresca, blanca, bañada en sabor a amanecer, llena de matices, turbia de tanta pureza, con una capa de nata.

Salté dentro de una taza. Saltó dentro de una taza.

Tenía una peculiar hambre de conocer, hambre de saber,  y una fuerza ciega de hambre simple. Me quería bañar allí, algo me llamaba a hacerlo, me aseguraba que iba a saciar algo que había en mí que no entendía. No sé qué, no alcanzaba a entender cómo. Era confusión, era caos.

Salté. Saltó.

Rellené la taza con mi cuerpo, la leche relleno éste. Me salpicó los ojos. Me cegué.

Unos finos movimientos se realizaban dentro o fuera de mí, moldeando. Desparramándose desde la alacena en pequeñas gotas, se llenó la cocina de leche.

Y de pronto, la claridad del amanecer le inundó de sentido y claridad en los pensamientos. Le crecieron los pensamientos como veloz aparición de las flores del mismo nombre sobre una tierra fértil.

Se percató de lo tarde que debía de ser. La memoria sobre lo que había pasado no aparecía precisamente límpida y cristalina. Le costaba reconstruir qué había pasado. Pero sabía que había estado durmiendo largo tiempo. Dejó las cavilaciones para otro momento. Limpió rápidamente la cocina y se observó a sí mismo. Estaba vestido. Arregló su aspecto atendiendo a introducir los brazos y piernas por los respectivos lugares de sus prendas que, aunque sobre su cuerpo, estaban bastante desordenadas.

Cuando acabé, me prolongué en la contemplación de la luz del Sol, la cual ahora tenía muchos tonos distintos que hacía un rato no llegaban a mí. Recogí mis cosas y mirando el reloj, me grité a mí mismo: «¡El blog! ¡Tengo que ir a ver cómo va! llego tarde…» para motivarme a salir corriendo, sin cuidado de no dar un portazo al salir de casa.

Y salí a toda velocidad de allí, pasando por el jardín, atravesando el camino y la arboleda, hasta que, después de recorrer un montón de callecitas estrechas, algunas de gran longitud, llegué a la Rue Montorgueil, donde teníamos un amigo y yo la fundación de creación literaria, compuesta, de momento, únicamente por nosotros dos. Una afición reservada y poco sustanciosa respecto a ganancias pero muy agradable.

El lugar estaba en una casa baja que ocupaba dos números intermedios de la calle.

Llegó y, con la inefectividad que la prisa confiere a las acciones, se tropezó al tiempo que apoyaba su mano sobre el pomo, estampándose contra la puerta. Estaba cerrado. Había llegado demasiado tarde, su socio ya se había ido, seguramente harto de esperarle. Agotado por la carrera y dolorido por el golpe, se sentó en uno de los tres pequeños escalones de piedra de la entrada, y, apoyando la cabeza contra la pared, recuperó el aliento poco a poco. Cuando hubieron pasado unos minutos, relegó la función de transmisión de sus intenciones de entrar en contacto con su amigo a la red de su teléfono móvil. Marcando su número, esperó a oír su voz:

«-¡¿Tío, dónde estabas?! Son las dos de la tarde, llevo toda la mañana esperándote. Quería seguir subiendo cosas al blog, y te estaba esperando para hacerlo. Tengo escrita la introducción. Se llama Yo lo hago por la pasta. ¿Qué te parece? »

«-¡El título promete! Solo hace falta que lo subas. Hazlo sin mí, ¿vale? He pasado una noche un poco rara y por eso he llegado tarde. Me vuelvo a  casa. ¿Te veré hoy?»

«-No creo que nos veamos en persona, ¡pero entre líneas estaré!»

«-¡Allí te espero, pues!»

Colgué. Las sirenas de los coches de bomberos que iban hacia la zona del rastro de la Rue Mouffetard no me dejaban escuchar nada.

Cuando iba hacia la parada del autobús para volver a casa escuchó a unos hombres que comentaban algo de unas llamas reavivadas en una vivienda cercana a un hotel. Estaba aún demasiado cansado de correr desde su casa hasta allí como para prestar mucha atención a nada, así que aceleró el paso para llegar al autobús cuanto antes y poder sentarse y dejar que aquella maquinaria sobre ruedas le llevase a su casa.

Cuando después de un rato de espera vino el transporte, bastante vacío, se dejó caer en un asiento y acunado por el movimiento del automóvil y el traqueteo de éste, entrecerró los ojos mientras buscaba con la mirada, rebuscando en la nebulosa de su mente las palabras en las que podría consistir, atendiendo a cómo escribía su amigo, la Introducción de la que le había hablado.

Llegué a mi parada. Después de desentumecer mis piernas, rígidas por el ejercicio repentino al que me había obligado, después de mucho tiempo sin hacer ningún deporte, caminé tranquilamente hasta mi casa.

Se preparó una frugal comida y después de saciar la poca hambre que tenía, se echó en el sillón a descansar. Lo último que hizo antes de dejar caer su cabeza sobre los cojines fue dejar subiendo un post al blog en su ordenador.

Se quedó dormido.  Me quedé dormido.

«CLINC»

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