No puedo dormirme (I)

Son las cuatro menos veinte y no puedo dormirme.

Me digo a mí mismo que tal vez sea por la presión de tener que levantarse una día más a las siete y media para ir a clase pero acabo por rechazar dicha hipótesis: no soy tan susceptible. Claro que es horrible tener una hora precisa en la que hacer esto y aquello -nunca se me dio bien organizarme y no voy a empezar ahora. Se me pone la carne de gallina nada más pensar en un universo clasificado y aburrido, sin libertad -¿me vas a organizar tú la libertad? ¡Oh, por favor, cállate de una vez!- de actuación que me haga feliz. Creo que vivo en un horario al cual mi impresora le ha dejado los márgenes muy abiertos. En ellos puedo escribir cosas, hacer anotaciones, flechitas-dibujos de gente sin ojos, como el Corintio. Así las cosas son más fáciles.

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