Prefacio del ratón humano

¿Y pasó qué?…¿así que fue eso, así encontró el queso, así encontré el queso?…

No paraba de humear esa cuestión en su cabeza, cuando se sintió impelido a despejarse, mandando lejos el uso de razón. Se encontró intentando manejar trivialidades básicas, instintivas, que sesgaban su conciencia; comer, morder, lamer, oler y correr. Relámpagos cortaban el cielo y el fuego de su mente. Cuando iluminaban, volvían las preguntas, pero cuando la oscuridad le sumía, caía de nuevo en el instinto ciego.

Bajo un fogonazo de luz, fue consciente de que corría. Y así perpetró la cordialidad entre Él mismo y Yo mismo.

Estaba corriendo. Estoy corriendo.

El caso es que el queso fue la casilla de inicio del laberinto del ratón, siempre en expansión.

Él, chico normal, residente en los horizontes parisinos, adoraba entramarse en las tiendas de quesos del centro de la ciudad cuando tenía algún espacio en los recovecos laberínticos que formaba el horario de sus días. No podía permitirse estos merodeos en busca de queso a menudo. Ni el tiempo ni el dinero le daban para ello. Pero cuando tenía oportunidad, la búsqueda entre la variedad de texturas y sabores de los quesos desbordaba sus demás aficiones.

Él no era un caso extraño. Yo no era un caso extraño.

Creo que él es un caso extraño. Creo que soy un caso extraño. Con bigotes (con bigotes).

Un día estaba indagando entre los quesos de una tienda cerca de la Rue Mouffetard cuando encontré uno de los más especiales que podía probarse, el queso azul picante, uno de los llamados “quesos en extinción”. Emocionado con el descubrimiento, le pedí al dueño de la tienda que me sirviese un vaso de leche fresca.

Es su otra pasión. Es mi otra pasión. La leche fresca.

Y tomó el vaso que le ofrecía para paladear a su manera el queso picante. Mordió una pequeña cuña con mucho cuidado, y bebió un sorbo de leche.

Algo agitó la relevancia mínima de la leche. Algo trastocó la imperturbable minucia de la cuña de queso. ¡¡¡ LA LECHE!!! NO PARABA. ENTRABA, SALÍA.

Eso creció en mí. Eso creció en él.

Me inundó la leche, me bebí más de lo que el vaso contenía. No paraba de entrar.

Una ráfaga en su pelaje, una ráfaga en mi pelaje.

No sé…

No encontré…

No encontraba…

Así los relámpagos, así los laberintos. Corrí, anduve, caminé, caminaba, contaba y relataba, daba pasos y zancadas, patitas en el suelo y pies sobre las aceras.

[RLONRLONRLONRLONRLONRLONRLONRLONRLONRLONRLONRLON]

Negro, blanco, rojo…no más. De pronto, más.

Una arboleda. Una casa. Noche. Relámpagos. Instinto, razón. Desmesura, reflexión.

NOTICIAS EN PANTALLA, CANAL INTERNACIONAL: “ROOSTER HOTEL INCIDENT…CHAOS…MOUFFETARD…ÉVACUATION”

Llegaba a su casa. Llegaba a mi casa.

Vio a dos chicos colgados en las ramas del árbol de la entrada. ¿Jugaban?

[RLONRLONRLON]

Decían :

«-Esperemos al misterio, a los señores, a los ejércitos, a lo informe.

-Contaban que llegan hoy, a las…¡¡ahora!!

-¡Por allí!»

[RLONRLONRLON]

Había encontrado una estructura mecánica parecida a un botón gigante con formas descabaladas, y rodaba a toda prisa por los caminos, inconsciente en su propia reflexión y la narración de su historia como ser de razón y ser de instinto al mismo tiempo.

Llegué rodando sobre un pistón, encontrándome entre Él y Yo.

Llegó rodando y sobrepasó el árbol.

Paré en la entrada.

Era pequeño…no entró usando la llave.

Estoy seguro de que vi a esos dos huir algo asustados después de hablar a gritos sobre quedar en un lugar a una hora determinada.

«-¿A las 8?

-¿Seguiremos adelante?

-Sí, parece algo sorprendente.»

Encendí. Encendió.

Escribí. Escribió.

Allá, acá…creo que no sabe lo que es, no sé muy bien cómo fue.

Parezco, parezco…parezco, parece…Un Caos. Y hay leche.

Bebo leche. Y se sumerge en ella.

Creo, cree, que no da lo mismo.

«…ROOSTER HOTEL INCIDENT-RUE MOUFFETARD…»

Quiero leche. Quiere leche.

Él tiene hocico. Yo tengo hocico.

Yo tengo piernas. Él tiene piernas.

Queremos caos.

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